miércoles, 10 de junio de 2015

El libro blanco del príncipe don Carlos, Felipe II viajero imaginario

Es muy conocida una anécdota que refieren casi todas las biografías modernas de Felipe II relativas a la reluctancia del rey prudente a viajar. Según se cuenta, el príncipe don Carlos, para criticar la política de su padre, “mandó que le hicieran un libro en blanco y como burla le puso el título de Los grandes viajes del rey don Felipe, y luego escribió: ‘... el viaje de Madrid al Pardo, del Pardo a El Escorial, de El Escorial a Aranjuez, de Aranjuez a Toledo, de Toledo a Valladolid, etc.’ Todas las hojas del libro las llenó con estas inscripciones y escrituras ridículas, burlándose del rey su padre y de sus viajes, así como de las jornadas que hacía a su casa de recreo. El rey lo supo, vio el libro y se incomodó mucho contra él”. Hay varias versiones de este suceso, pero la fuente de todas ellas es Brantôme . Esta anécdota se ha empleado como ilustración de una característica propia al soberano, como era la de ser un rey sedentario, prisionero de sí mismo en El Escorial o, como refería su cronista, Luis Cabrera de Córdoba un soberano inmóvil que “meneaba el mundo desde su real asiento” . Contra esa imagen tópica Mari Angeles Pérez Samper y Geoffrey Parker han argumentado que Felipe II fue un viajero compulsivo y no les falta razón si lo vemos en una muestra cronológica a partir de 1561:

Corona de Aragón 1563-1564
Andalucía 1570
Portugal 1580-1583
Corona de Aragón 1585-1586
Navarra y Corona de Aragón 1592

Pero es preciso señalar que muy pocos de ellos tuvieron el carácter de verdadero viaje real, de Corte en movimiento, como había sido característico antes de 1561. Es evidente que el príncipe se mofaba de la nueva forma de gobernar de su padre y sobre todo fijar la residencia de la Corte. Todos los monarcas del siglo XVI hacían viajes periódicos, no ocasionales, para mantener un continuo diálogo ceremonial entre gobernantes y gobernados. La ausencia del rey era una anomalía, el mal gobernante no viajaba y rehuía el contacto con sus súbditos y, por tal motivo, la imagen de Felipe II encerrado en El Escorial constituyó uno de los temas preferidos de la propaganda que sus enemigos emplearon para denostarle. 
Los motivos de Felipe II para tomar esa decisión no son bien conocidos y los estudios que abordan las razones de la capitalidad de Madrid suelen moverse entre indicios y conjeturas. No obstante, el sentido parece claro en el testimonio de fray José de Sigüenza al analizar el plan de construcción del monasterio de El Escorial, que es fundamental para entender el proceso: "comenzó lo primero a poner los ojos dónde asentaría su Corte, entendiendo cuán importante es la quietud del príncipe, y estar en un lugar para desde allí proveerlo todo y darle vida, pues es el corazón del cuerpo grande del Reino". Así mismo, la identificación de este proyecto con el rey Salomón y, por tanto, el de la ciudad ideal de gobierno donde la urbe que es residencia del soberano se halla conectada a un palacio/templo. No es una concepción original, el Papa Nicolás V operó del mismo modo en Roma, el palacio y templo Vaticano, exento a la ciudad, se comunicaba con ella del mismo modo que dispuso Salomón. El modelo era por tanto Jerusalén y las connotaciones bíblicas parecen evidentes, constituir el centro de un poder universal.

El rey Salomón (Felipe II) recibiendo a la reina de Saba (catedral de Gante)

Se ha insistido hasta la saciedad en señalar que esta idea era completamente opuesta a la forma de gobernar de Carlos V, pero esto requiere matizarse. Hasta 1527, el emperador fue sobre todo y ante todo un soberano borgoñón al que le resultaba ajena la idea de Imperio. El título y los estados de los Habsburgo constituían la herencia irrenunciable de sus abuelos pero él había sido educado en los principios caballerescos que le habían imbuido sus tutores y consejeros, desde Guillermo de Croy hasta Erasmo de Rotterdam. No concebía otra forma de ser un buen soberano que la del padre de familia que vive con sus parientes, les escucha y les da consuelo. Sin embargo, después del Saco de Roma el consejo del emperador se hizo más plural, encabezado por el Gran Canciller Gattinara cambió totalmente los hábitos flamencos y propuso un nuevo modelo de gobierno. La razón era clara. Los consejeros flamencos habían sido incapaces de entender las obligaciones de un Emperador Cristiano lo cual había provocado no sólo la crisis protestante sino también la disociación entre las dos jefaturas universales del Papado y del Imperio. Gattinara proponía que, del mismo modo que el Papa residía en un lugar donde tenía asentada su Corte otro tanto debía hacer el emperador. Durante el año de 1528 se discutió incluso si el Emperador debía arrogarse a jefatura de la Iglesia y comportarse según la profecía del último emperador uniendo el mundo bajo “un solo pastor, una sola espada y una sola fe”. El Gran Canciller concibió este proyecto no sólo como idea, pensó también en los aspectos prácticos por lo que en las Cortes de Monzón de 1528 diseñó las líneas maestras del modelo de gobierno que constituyó el sistema virreinal. Aun cuando hay virreyes desde el siglo XV en la Corona de Aragón, este cometido tenía un carácter temporal, cubriendo las ausencias del rey. Es muy distinto cuando ha de cubrir una ausencia permanente porque el virrey ha de emular al rey ausente y ser en toda circunstancia el doble del rey. El problema era cómo hacer presente a la realeza estando ausente. Es decir, debía diseñarse una política de la presencia.


Como es bien sabido este plan no se llevó a cabo. Se definió el carácter del virreinato para España y la Corona de Aragón en 1528 y, en la Junta de Génova de 1529, para América. Sin embargo, el fallecimiento de Gattinara en 1530 y de Alfonso de Valdés en 1532 dejó sin valedores este proyecto. El emperador nunca asentó su Corte y continuó viajando continuamente por sus territorios. Como muy bien ha indicado Elena Bonora, las expectativas de un Imperio Cristiano nunca se cumplieron, tal vez porque el consejo se hallaba dividido de nuevo pero esta vez por el ascenso de los españoles. El discurso imperial de 1536, pronunciado en Roma íntegramente en español y la publicación del diálogo de la lengua por Juan de Valdés en Nápoles (1532) indicaban que la “lingua di Corte”, es decir, la lengua del poder imperial era el español. El movimiento de los espirituales de Juan de Valdés y su modelo reformista enlazaba con una tercera vía que no era ni católica ni protestante pero sí imperial. Sin embargo esta novedad en la concepción de la Cristiandad puso en marcha fuertes reticencias en Italia y en casi toda Europa, lo cual favorecería que el Concilio de Trento encaminase sus trabajos a construir una Italia del Papa que no del emperador. El cónclave de 1550 que eleva a Julio III tiene como resultado la suspensión del concilio y se asiste a una dura competencia entre los poderes universales. 

Indudablemente, el matrimonio de Felipe II con María I Tudor fue un acto de afirmación imperial, Reginald Pole, seguidor de Valdés, con la colaboración del cardenal Carranza, llevaría a cabo la reforma de la Iglesia de Inglaterra devolviéndola a la obediencia de Roma. Sin embargo, el cónclave del 23 de mayo de 1555 que elevó al solio a Paulo IV Caraffa provocó finalmente la precipitación del partido imperial. Se produjo un acontecimiento insólito como fue la división del patrimonio del emperador en dos mitades, fue el final del liderazgo político del Imperio e hizo imposible una Cristiandad Imperial. Para mayor confusión el nuevo pontífice pretendía procesar a Carlos V y Felipe II por herejía.
Desde Londres, Felipe II contempló todos estos acontecimientos tomando parte activa. Una carta del virrey de Sicilia, Juan de Vega, escrita en 1558 indica que nuevamente se ponía en marcha la idea de asentar la Corte y administrar la Monarquía desde una sede fija. El virrey no ocultaba que esto acarrearía problemas con los súbditos (de ahí que su visión negativa de los sicilianos se haya tomado como un texto xenófobo) así con los propios virreyes, todos ellos miembros de la familia del rey cuya obediencia respondía a vínculos de honor y de confianza que no sufrirían ser simples “corregidores”. Todas las reformas efectuadas entre 1555 y 1563 parecían conducir a una concentración de la autoridad delegada en los virreyes, teniendo en cuenta que el rey nunca ejercería su potestad en los reinos porque no viajaría a ellos. El desarrollo de los consejos territoriales y los visitadores enviados a los territorios permitirían mantener presente al rey ausente. El asentamiento en Madrid en 1561 era una pieza clave de este proceso de segunda construcción del sistema virreinal.
La conclusión del Concilio de Trento a despecho de los deseos del soberano produjo no poca incertidumbre. Había triunfado la Cristiandad del Papa. El rey realizó su primer viaje a los reinos de la Corona de Aragón y durante el mismo se comportó como sus antepasados, reverdeciendo los vínculos con los súbditos como padre y cabeza de familia, enfatizando las virtudes de Fernando el Católico (su modelo a seguir), reafirmando por tanto una tradición propia. Los procesos de reforma de los reinos no peninsulares quedaron paralizados y el soberano adoptó un modelo de vida eminentemente hispano, aun cuando en apariencia era borgoñón. Es preciso señalar que las casas de Borgoña, Castilla y Aragón se hallaban integradas en la Casa del rey, mientras que las casas reales de Navarra, Nápoles, Sicilia y la ducal de Milán residían en los reinos (como más adelante la de Portugal). Un caso aparte lo constituye América cuyos reinos son dependientes de Castilla.
Esta situación nos devuelve al principio. En el libro blanco de Don Carlos la burla tenía un componente político muy claro vinculado en primer lugar a la realidad de su Casa. Felipe II se comportaba como soberano de los españoles ignorando a los súbditos de Borgoña, cuya casa residía con él y por tanto debía atenderles igual. El rey viajaba por la península ibérica pero era reacio a ir a los Países Bajos, donde había un gobierno de regencia (lo cual transmitía provisionalidad). La ruptura del lazo rey súbditos era evidente, aparece en la Apología del príncipe de Orange denunciando que los neerlandeses eran gobernados desde el extranjero por extranjeros. La Casa del Rey no estaba funcionando como su casa o la casa de su padre.
Al mismo tiempo, esto que denominamos la segunda creación del virreinato quedó incompleta. En la corona de Aragón los virreyes no actuaron plenamente “como reyes” por no disponer de la jefatura de la casa real mientras que sí lo fueron los virreyes de Sicilia y Nápoles que presidían Parlamentos y disponían de todas las funciones del soberano. En definitiva, el libro blanco parecía indicar que Felipe II no sólo era un mal soberano para sus súbditos no españoles sino que su proyecto no veía más lejos que los de sus intereses. Al describir los sitios reales por los que la Corte se desplaza por los alrededores de Madrid no se fija tanto en el ocio como en el negocio. La caza real era un componente vital de la cultura política europea, en los viajes de los soberanos son un componente fundamental, Andrés Muñoz cuenta cómo el príncipe Felipe al llegar a Londres participó en una cacería, un acto de socialización imprescindible. Además de marcar el estatus de élite entre quienes componen la sociedad de los cazadores, la caza real funcionó como parte de las visitas, un medio de afirmación de autoridad Regia sobre el país. La caza era, en realidad, la "Corte al aire libre," un teatro para las exhibiciones de la majestad, el entretenimiento de los huéspedes y el otorgamiento del favor en temas particulares. Era el lugar de comunicación donde se hacía “lobbying”, como hacen hoy en día los representantes de los grupos de interés en los lobbies de los centros de convenciones y las sedes políticas.

domingo, 12 de abril de 2015

El arte de escribir el gobierno: instrucciones, consejos y advertimientos para virreyes

Relaciones, memorias e instrucciones constituyeron durante los siglos XVI y XVII una guía de formación y educación política fundamental para la élite gobernante. Desde que comenzaron a publicarse colecciones de instrucciones a virreyes, siendo muy conocidas las compiladas por Lewis Hanke y Lohmann Villena, estos documentos se han analizado sólo como textos normativos. Es decir como mandatos del Estado que debían ejecutar sus funcionarios destacados en las colonias. En realidad, más que órdenes, estos documentos son más bien breviarios políticos. La forma en que se redactaba y compilaba la información muestra una práctica del Imperio fundada sobre técnicas de adquisición y transmisión del conocimiento político que tiene una lectura diferente si se atiende como práctica cortesana. Los virreyes, como indicó Juan de Palafox y Mendoza, pertenecían al selecto grupo de las veinte personas que regían la Monarquía. Así, las instrucciones contenían transmisión de experiencia, expresando continuidad en el mando y, sobre todo, pertenencia a un selecto grupo que estaba en la cúspide del sistema. Los virreyes eran ministros que hacían las veces del rey y gobernaban en su nombre. Así mismo, para comprender el saber transmitido en estos documentos es necesario analizarlos desde una perspectiva más amplia que el marco americano, siendo necesario contrastarlo con los consejos, advertencias e instrucciones recibidas por los virreyes de otras áreas, Sicilia, Nápoles, Valencia o Portugal, por poner algunos ejemplos.
En general, el estudio de los virreinatos adolece de una visión de conjunto. Son escasos los estudios comparativos y más escasos los que hacen una valoración de lo colonial conociendo los modos y las formas de gobierno de lo no colonial, por así decirlo. Una visión de conjunto permite comprender los cambios y las dinámicas internas de una realidad imperial que evoluciona y cambia. En este sentido se echa de menos en la historiografía sobre el modelo virreinal y las formas de gobierno de la Monarquía Hispánica. ¿Que tenían en común los virreyes de unos y otros lugares? ¿Qué de diferente?. Lo mismo podemos decir de los consejos territoriales, las entidades donde se elaboraban, registraban y archivaban las instrucciones ¿qué hacían en común los consejos de Indias, Portugal, Italia, Aragón y Flandes? ¿qué diferente?.
Para una complementar la exposición sugiero algunas lecturas que pueden, a su vez, ilustrarse con algunos documentos que permitirán ampliar el contenido.

Manuel Rivero




Lecturas:







Documentos:







La charla tendrá lugar en el programa del seminario "Escrituras virreinales" (Dirección: Esperanza López Parada. Coordinación, blog y redes sociales: Marta Ortiz Canseco (@mmmortiz). Organización: Evangelina Soltero Sánchez. Grabación de sesiones: Valeria Canelas)
Miércoles 22 de abril de 2015


miércoles, 4 de febrero de 2015

El conde duque de Olivares y los reinos de la Monarquía




En los últimos años se han realizado importantes trabajos de investigación que han puesto en duda la interpretación canónica del siglo XVII como tiempo de crisis (véase el interesante congreso que sobre esta materia prepara el IULCE). En el caso español esto afecta principalmente a la interpretación de la llamada crisis hispánica de 1640 cuyas causas se achacaban a deficiencias económicas, conflictos sociales y, sobre todo, tensiones territoriales debidas a la naturaleza “compuesta” de la Monarquía, donde fuerzas centrífugas (los reinos exigiendo más autonomía) y centrípetas (la Corte aumentando su centralidad) ponían a prueba la resistencia del sistema, que funcionaba cuando estas tensiones se hallaban equilibradas. En líneas muy simples, la figura de Olivares emergía en medio del desastre como responsable de un vano y frustrado proyecto de regeneración, imposible de efectuar dada la amplitud de su visión y las limitaciones de la sociedad española para comprenderlas y acometerlas. Las cargas fiscales exigidas para afrontar la política imperial, por una parte, y la destrucción de la autonomía para someter los territorios a la autoridad central por otra, resumen la idea más o menos común que poseemos de las causas o motivos de la crisis. Era un análisis que desarrollaba la tradición establecida en el siglo XIX por Antonio Cánovas del Castillo y Martin Hume, donde Olivares personificaba el último intento de reactivar un régimen ya caduco presentando un programa de reformas que podría haber salvado a la Monarquía del hundimiento anunciado por el endeudamiento masivo, el colapso de la producción, el estrangulamiento del comercio y el fracaso de la política exterior. Dicho plan estaba recogido en el gran memorial o instrucción secreta de 1624, sobre el que los historiadores del siglo XIX y del XX construyeron el discurso de la crisis. Era fácil fijar el alcance del fracaso siguiendo la lista de propósitos incumplidos: no se allanaron las diferencias sociales, no se reformó la fiscalidad, no se activó la economía y ni siquiera se alcanzó la unidad de España. Hubo de esperarse medio siglo más, cuando en 1700 una nueva dinastía hizo lo que no se hizo entonces. El problema de esta interpretación es que tomaba como hoja de ruta un documento que con toda seguridad es una falsificación hecha en el siglo XVIII (véase nuestro estudio en Libros de la Corte). Discutir su autenticidad no es objeto de esta intervención pero, incluso aceptando que el texto fuera contemporáneo a Felipe IV, existen dudas razonables sobre su autoría (son muchas las atribuciones), intención (no sabemos si es una colección de cartas, un memorial, una instrucción, un simple borrador, un papel recogido en una papelera…), contexto (las fechas posibles son 1621, 1624, 1625, 1626, 1629 e incluso 1635)… ni siquiera sabemos si el informe fue encargado por el rey o bien escrito espontáneamente por un servidor solícito. Por todo ello, resulta difícil responder a las preguntas básicas de ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? E incluso ¿Dónde? Dadas estas características conviene ponerlo en cuarentena y preguntarnos si hubo una hoja de ruta de naturaleza reformista o si ésta se manifiesta en algún momento. Adelanto que en mi opinión el programa de Olivares no fue ni reformista ni regeneracionista, que sus ideas de cambio eran de carácter más limitado y que para comprenderlas es preciso analizar la política iniciada en 1617, aquella que condujo a la guerra de los Treinta Años, que no fue obra del conde-duque sino de su tío DonBaltasar de Zúñiga, cuyos efectos se vio obligado a gestionar. El punto de partida de nuestro análisis nos lo ofrece el encargo hecho a un jurista siciliano para que escribiera un tratado sobre la constancia y una vehemente declaración de intenciones expresada ante el Consejo de Estado y discutida el 27 de diciembre de 1622. Un documento inédito y muy interesante porque el 7 de octubre había fallecido Baltasar de Zúñiga y Don Gaspar de Guzmán estrenaba su privanza.
Los dos temas son importantes y están entrelazados
1)            Juan Bautista Lanario fue contratado para refutar las tesis de fray Juan de Santa María (Tratado de república) proponiéndole redactar un “working paper” que había de ser discutido entre los asesores del privado, es decir, dotar al grupo o facción de un conjunto de ideas que los distinguieran e identificaran con un proyecto diferente al representado por Zúñiga (pero no satisfizo al comitente y se publicó en 1628 en Nápoles bajo el título:Exemplar de la constante paciencia christiana y politica. All'illustriss. y excelentiss. señor Ramiro Felice de Guzman, duque de Medina de las Torres).
2)            Ante el Consejo de Estado Olivares reclamó una mayor sensibilidad a las demandas de los reinos, e incluso afirmó que para tomar decisiones en las provincias había que escuchar a sus naturales y contar con ellos para el gobierno.

No deja de ser llamativo el que en estos años no observemos ninguna medida centralizadora, que se nos hable de proyectos como la “unión de armas” que no se materializan pero que, en cambio, los consejos territoriales sufran interesantes reformas, que a la cabeza de los virreinatos se suceda un alto número de prelados, príncipes de sangre real y nobles naturales de las provincias. Todo lo cual merece interpretarse, pues sobre esto radica el debate existente en la Corte y sobre ello versa el debate del Consejo de Estado. Suele olvidarse que en el Corpus de Sangre el virrey asesinado por la muchedumbre fuera Don Dalmau de Queralt, marqués de Santa Coloma. Los catalanes se levantaron contra catalanes, esto pesó muy fuertemente en el desmoronamiento del sistema del conde duque tal como se refleja en la amarga contestación que en el Aristarco del padre Rioja, bibliotecario del valido, se hizo contra la Católica impugnación de Gaspar Sala cuyo trasfondo trataremos de ilustrar en esta intervención.

lunes, 14 de julio de 2014

La Guerra de Sucesión, Wikipedia y Babilonia

"Miguel Artola ríe y cuenta que su biografía en Wikipedia se abre con la mención de que fue fraile dominico, cosa absolutamente falsa. “No hay modo de quitarlo de ahí”, añade. En la medida en que el entrevistador, según la misma fuente, es seguidor político de Rosa Díez, no puede hacer otra cosa que confirmar su desconfianza". Así concluye una estupenda entrevista que Antonio Elorza realizó a Miguel Artola, publicada en El País el 11 de mayo de 2013 bajo el título "Memoria de historiador". Ambos contertulios ironizaban sobre el valor sobredimensionado de la red e indirectamente observaban con mirada socarrona hacia un invento que ya en ese mismo periódico había ocupado titulares en relación a su dudosa fiabilidad (¿Debemos fiarnos de la Wikipedia?, El País 10 de junio de 2009). Tiempo atrás, la revista Nature publicaba un estudio que mostraba que el número de errores existente entre ésta y la reputada Encyclopedia Britannica era equivalente. Se hallaban al mismo nivel. Así que la popular herramienta resultaba ser "Gratis y confiable".
No es este lugar para poner en duda un estudio científico que seguramente se envió a la prensa después de la preceptiva evaluación anónima por pares. Sin embargo, gracias a la estupenda herramienta de que dispone la enciclopedia libre, que permite consultar las voces en un gran número de lenguas, descubrí por azar que no había un modelo unitario de voz, sino un conjunto de contenidos diferentes para cada voz, según el idioma en que se encontrara redactada. Así, la lista es equívoca. Al querer ver una voz en español en su traducción al alemán, inglés o francés lo que hallamos son versiones muy diferentes e incluso un conjunto de interpretaciones distintas respecto a un hecho o acontecimiento. Esto resulta muy notable en la voz "Guerra de Sucesión española". Comienzo con la versión española que aparentemente describe de manera sobria y distanciada la contienda. Como es habitual en la ficha normativa de guerras y conflictos aparecen en recuadro los contendientes, las banderas que los identifican y los comandantes más señalados. Quienes protagonizaron la guerra fueron "borbónicos" frente a "austracistas". La imagen seleccionada para la portada es la batalla de Denain en una pintura histórica del siglo XIX. 


En inglés observamos un texto que parece referirse a otra contienda, los beligerantes son "Holy Roman Empire" y "Kingdom of France", en la cola se situan "Spain Loyal to Charles" o "Spain Loyal to Phillip". La guerra está representada por la batalla de Villaviciosa, otro cuadro histórico vecino al tomado por la versión española, que se encuentra también en la misma galería de Versalles. 

En francés el reino de Francia se enfrenta al Sacro Imperio, la imagen es la batalla de Denain y los bandos españoles enfrentados resultan ser el "Reino (sic) de Castilla y León" cuyo adversario es "La Corona de Aragón". 

En italiano no hay más contendiente español que la corona de Castilla y también se usa la batalla de Denain. 

En holandés el icono es la batalla naval de Vigo y, a diferencia de los italianos, el reino de España, en papel de telonero, se enfrenta a la corona de Aragón, pero se introduce como novedad la presencia de "rebeldes húngaros" al servicio de la Casa de Borbón. 


 En portugués entre los actores secundarios encontramos a "Espanha" confrontada al "Principado de Catalunha". 
En catalán la imagen que resume la guerra es el duque de Marlborough firmando el despacho de la batalla de Blenheim. Nos encontramos con un peculiar punto de vista, la guerra la protagonizan "Dues corones Borbóniques" contra la "Gran Aliança de la Haya", entre las subcategorías de contendientes están la Corona de Castilla "i botiflers" que se enfrentan a la "Monarquía Hispánica" y a los reinos de la Corona de Aragón, uno a uno, "i austracistas". Al parecer las dos coronas peninsulares se enfrentaron en guerra cargando con grupúsculos de incómodos traidores sin bandera. Sin duda es la relación más numerosa de contendientes, que aparecen desplegados y desglosados en subcategorías.


En alemán hallamos un contraste fuerte respecto a los demás, a mi juicio esto parece responder a la tradición historiográfica germana, a la seriedad con que se aplica el principio rankeano de contar las cosas como sucedieron. Desde los 33 contendientes consignados en la versión catalana (contando a los pintorescos botiflers y austracistas) a los apenas 9 de la italiana no solo vemos notables diferencias de combatientes sino también de los colores bajo los que combaten. Hay tablas parecidas, pero ninguna coincidente. Las interpretaciones son para todos los gustos pero siempre prevalece el punto de vista nacional y todo lo demás es secundario. Como señalaba, la voz alemana marca notables diferencias, la  Spanischer Erbfolgekrieg es descrita renunciando a los cuadritos, las banderitas y los bandos, tampoco hay una imagen que ilustre la voz como conjunto. Su presentación señala que se trata de un conflicto dinástico por lo que incluyen una tabla de los derechos dinásticos de las familias en disputa, los contendientes son los linajes, no las naciones, lo cual se acerca a un concepto mucho más moderno y de mayor corrección historiográfica que sus homólogas.
Por lo general nos hallamos antes reducciones abusivas y, salvo en el último caso, bastante disparatadas. Los esfuerzos por explicar la Edad Moderna en clave nacional chocan frontalmente con la realidad del mundo prenacionalista, cuyas reglas se ignoran. Hoy nadie en su sano juicio hubiera pensado en una posible unión de España y Grecia como consecuencia del matrimonio de los príncipes Juan Carlos y Sofía, pero sí se pensaba cuando los vástagos de Habsburgos y Borbones lo hacían allá por el siglo XVII. Como tampoco puede pensarse en una desmembración de España porque otros soberanos reclamen derechos sobre su corona. Ni siquiera es lícito pensar la Guerra de Sucesión como guerra civil. Fue un problema de banderías en todo caso, detrás de ser partidario de uno u otro candidato no hay ninguna identidad ideológica o antropológica, no hay más diferencia que la que sienten los seguidores de un club u otro. La distinción entre borbónicos y austracistas tiene que ver con una negociación armada, propia de todo cambio dinástico. Resulta difícilmente comprensible que esta distinción no se extienda a Nápoles, Milán o Sicilia donde también hubo partidarios de las dos dinastías en liza. La guerra fue dinástica y por tanto los bandos en liza solo pueden ser la Casa de Borbón y la Casa de Habsburgo, que contaron con el apoyo de otras casas soberanas y potencias. Naturalmente, en el interior de la Monarquía de España hubo partidarios de una u otra opción, pero los actores fueron las dinastías y esto se refleja en el nulo papel de los súbditos españoles en la firma de los tratados de paz. Fue una composición o reparto de familias que arreglaron sus diferencias por una herencia en disputa.
 Más allá de la anécdota la torre de Babel de wikipedia aún está lejos de conjurar la maldición bíblica de la diferencia de lenguas. La enciclopedia universal está lejos de la universalidad, resulta difícil creer que no sea capaz de mostrar consensos y sólo una suma de visiones particulares que descansan sobre tradiciones y prejuicios nacionales. Otro rasgo distintivo es la disparidad bibliográfica, cada versión propone libros y lecturas que desconocen las demás. Son monólogos sordos donde se echa de ver que los redactores no han sentido curiosidad por lo que han escrito los autores de otras lenguas. Por cierto, sólo coinciden en algunos títulos las voces en español y catalán.
Europa es incapaz de hacer un relato de su propia historia, un acontecimiento común a todo el continente resulta distinto desde cada perspectiva nacional o regional. No hay una guerra de sucesión sino muchas.
Manuel Rivero

sábado, 21 de junio de 2014

Sobre la tolerancia en el Imperio Otomano

Mehmed IV  (1648-1687)

"El Islam había establecido un protocolo de tolerancia en una época en la que las sociedades cristianas no toleraban nada". Amin Maalouf recordaba esto en Identidades asesinas para salir al paso de quienes censuran la intolerancia del integrismo islámico, asociándolo al Islam, mientras que vinculan cristianismo con democracia. Hace bien al recordar que en la Europa Moderna corría la sangre causada por las disputas religiosas mientras que en la otra orilla del Mediterráneo convivían musulmanes, judíos y cristianos de todo tipo y condición. Maalouf nacido en el seno de la comunidad melquita puede describir ese horizonte de tolerancia porque en Líbano gracias a eso conviven confesiones y comunidades muy diversas, maronitas, uniatas, chiíes, sunníes, drusos, etc... y por lo general coincide con una visión del pasado modelo imperial musulman sustentado en el principio de la coexistencia de las tres culturas tan querido por Américo Castro. Quizá, como sugiere Toulmin, modernidad e intolerancia son dos caras de una misma moneda, quizá sea ese el precio del progreso. Cuando Maalouf describe la situación actual en el mundo árabe e islámico, manifiesta su consternación "ese mundo musulmán que ha estado durante siglos en la vanguardia de la tolerancia se halla hoy rezagado". Pero... ¿qué entendemos por tolerancia?
Es innegable e indudable que la persistencia del mosaico étnico y religioso de Oriente Medio es el legado más importante (y conflictivo) que ha dejado la autoridad otomana. Pero es necesario comprender cómo aquel mosaico armónico se transformó en un espacio tan conflictivo que, a día de hoy parece irresoluble. No olvidemos que el derrumbe de las grandes formaciones imperiales y multiétnicas existentes a principios del siglo XX son la causa de la mayoría de los conflictos que hoy siguen acaparando la atención internacional, los Balcanes, Ucrania o Siria, sin ir más lejos. Quizá la mejor forma de entender esta madeja tan comlicada es contemplar un segmento del pasado, observar cómo funcionaba el sistema en un momento tranquilo y sin acontecimientos resonantes. Es lo que hace Marc Baer en un interesante estudio sobre el sultán Mehmed IV, este historiador rechaza la idea ingenua de la convivencia, a su juicio ésta evoluciona y sufre cambios, nunca y en ningún momento es igual. A su juicio se confunden dos términos, tolerancia y coexistencia. Son nociones que tienen que ver con la forma de aceptar la diferencia. Ésta fue unidirecional respecto al Islam, la única confesión que no era limitada, pero no en relación con las otras confesiones o las comunidades que las profesaban, éstas eran entidades aisladas y cerradas. Como señala Maalouf, gracias a la coexistencia otomana sobrevivió la comunidad melquita, pero al mismo tiempo se mantuvo un statu quo confesional inmóvil, no hubo cambios en ninguna comunidad, dentro de cada una de ellas hubo rigor e intransigencia, por eso Baer se detiene en los mártires protestantes ejecutados por los maronitas o en la reforma kadizadeli en la que los disidentes de la línea ortodoxa islámica preconizada por Mehmet IV sufrieron los rigores de la persecución y la muerte. 


Mujer judía en Constantinopla
G. La Chapelle, Recueil de divers portraits des principales dames de la porte du Grand Turc 

Coincidiendo con esta interpretación Karen Barkey analizó las consecuencias del gran incendio de 1660, que sucedió en pleno desarrollo de la reforma kadizadeli y tuvo como efecto colateral la expulsión de los judíos de Constantinopla. Una comunidad, en un ambiente de extremismo religioso, hizo de "chivo expiatorio" o "cabeza de turco". Es más preciso hablar de coexistencia y no de tolerancia. Esto significa que la diversidad de grupos étnicos y religiosos se integran en un "nosotros", una idea que actúa como marco común, el Imperio Otomano. Coexistencia significa que las comunidades están juntas pero no unidas, que todas ellas están dentro y fuera, judíos, drusos, armenios, griegos, chiítas, árabes, kurdos, etc... no son extranjeros, pero son otros. No son ciudadanos obviamente, pero tampoco son súbditos en el sentido occidental de la palabra, estas comunidades viven bajo el amparo del sultán como consecuencia de un pacto que podríamos calificar como vasallaje. El poder imperial articula el conjunto gestinando la desigualdad, ninguna comunidad es igual a otra en derechos y obligaciones, es él quien decide quien existe y quien no y, por último, la coexistencia nunca puede identificarse con ausencia de discriminación. Baer al estudiar la reforma kadizadeli muestra cómo la coexistencia podía existir con brutales persecuciones y signos de extrema intolerancia dentro de las comunidades, hubo persecuciones de musulmanes contra musulmanes y de cristianos contra cristianos, de una intensidad muy parecida a nuestras ya familiares hogueras de la Inquisición. Barkey completa este cuadro con la observación de la evolución del espacio de coexistencia señalando un fenómeno de polarización dentro del marco general, de cambio de rango y de dirección. En líneas generales hubo tolerancia hacia los judíos en el siglo XVI pero no en el XVII, la hubo para los griegos en el XVII pero no en el XVIII... los armenios estuvieron privilegiados en el siglo XIX pero fueron víctimas de genocidio en el XX. La coexistencia siempre fue un juego de tendencias y equilibrios, su gestión fue la clave del sistema imperial otomano.
Manuel Rivero

viernes, 13 de junio de 2014

¿Qué es la Historia Moderna?


Las etapas y los periodos históricos son artificios creados por la tradición para mantener la narración histórica como un desarrollo progresivo y lineal, desde el pasado más remoto hasta el presente. Dicha narración tiene un ritmo, marcado por la división en edades. Dicha división otorga un interés mayor por el cambio y concede importancia a fenómenos o acontecimientos que son valorados desde intereses actuales, buscando precedentes. Esto lo conocen mejor los medievalistas que los modernistas. La narración lineal es una novedad introducida en el siglo XVII, reemplaza a una tradición anterior que concebía el paso del tiempo como un movimiento circular. Esta concepción se suele atribuir a un profesor de la universidad de Halle, Cristobal Zeller, más conocido por la versión latinizada de su apellido, Cellarius. 

En su obra Historia medii aevi a temporibus ConstantiniMagni ad Constantinopolim a Turcis captam (Zeitz 1688), se propuso historiar sólo un fragmento de la Historia, el tiempo de la barbarie del latín, Medii Aevi, situándolo como un valle entre dos cumbres de pureza y elegancia, la edad Antiqua y la Nova, la primera etapa se extinguía con Constantino el Grande y la segunda comenzaba con la toma de Constantinopla por los turcos. La concepción de Cellarius nacía de una descripción práctica, pedagógica, también implica una progresión, donde sustituye la idea de ciclo, de espacios históricos cerrados, por la idea de avance hacia la novedad. Como subrayara el profesor Tierno Galván en un casi olvidado ensayo "la perfección de esta idea se manifiesta cuando la expresión nova se substituye por moderna" .
El adjetivo Nova, empleado para el tiempo al que se consideraba contemporáneo, no es patrimonio exclusivo de Zeller, sino que forma parte de la idea ampliamente difundida a partir del siglo XVI de vivir un tiempo nuevo. Los humanistas y los hombres del Renacimiento, desde que Petrarca se refiriera a los tempi oscuri de la "barbarie" del latín y el surgimiento de la luz de los studia humanitatis, usaron categorizaciones y conceptos parecidos para verse a sí mismos como modernos, ya que volvían a los antiguos superando lo medieval, pero con el tiempo se llegó también a superar el 'paralelo' igualitario entre la primera y la tercera edad, trazándose la originalidad y la superioridad de los tiempos nuevos en la famosa querelle entre "Antiguos" y "Modernos". Lo nuevo, lo moderno apuntado por Cellarius, formaba ya parte de una visión del mundo ampliamente generalizada, ochenta años antes, Luis Cabrera de Córdoba, en un curioso escrito sobre el qué y el porqué de la Historia, dividía esta en dos edades separadas y sucesivas, antigua y nueva, cuya divisoria es confusa pues la edad nueva según él, apenas acababa de comenzar mientras que el fin de la antigua abarcaba "hasta llegar no lexos de nuestros tiempos" . Diez años antes de la publicación de la Historia medii aevi, Du Gange había marcado los criterios por los que iba a crear la clasificación de los tiempos históricos contenidos en la obra, el latín y la distinción del uso y el conocimiento de los tiempos oscuros de la barbarie del latín a las "bonae litterae" de la edad nova inaugurada por los humanistas . De esta forma los historiadores de los primeros tiempos modernos se reunieron en torno a la conciencia de una pretendida novedad histórica hasta hacer de ella una de sus características, por así decirlo, programáticas, aunque la crítica haya puesto de manifiesto lo impropio de sus juicios sobre la Edad Media en todos los aspectos, especialmente en el de la relación con la cultura antigua .
Así, desde un principio, observamos que en el afán por periodizar está unido a dar dirección al pasado. La división helenística de los cuatro Imperios o Monarquías, que se suceden en un ciclo, o la descripción del libro de Daniel tomada de esa idea, también fue recuperada en el siglo XVI por Sleidan, el historiador de Carlos V cuyo De quattuor monarchiis, tuvo mucha difusión en la Alemania reformada como esperanza abierta al futuro, un porvenir trascendental regido por la voluntad divina que fue reemplazando a los imperios asirio, persa, griego y romano preparando la llegada inexorable del tiempo nuevo que sería Quinto y definitivo imperio . Pero, esta división de la historia no fue la que triunfó en los ámbitos intelectuales sino que fue patrimonio de los movimientos mesiánicos y de los discursos confesionales. La diferencia establecida por Cellarius respecto a estas particiones era el criterio lineal, progresivo, no finalista. Cellarius "creó" la edad Moderna a partir de conceptos e ideas preexistentes, y de las tres edades por él enunciadas es precisamente la tercera, la moderna, la que dá sentido a todo, lo moderno es nuevo, supera lo anterior, lo mejora y no hay regreso al origen adánico de la humanidad. Los tiempos modernos, nacián de la mano de la recuperación de la civilización clásica grecolatina y de la innovación, la apertura de nuevos horizontes geográficos, la nueva dimensión del mundo, los cambios en el arte de la guerra, la imprenta, la reinterpretación del cosmos… Continuidad y cambio al mismo tiempo, sin vuelta atrás. Eso ha caracterizado la Edad Moderna desde que fue concebida. Lord Brolingbroke, lo definió con una sola frase "a point of time at which you stop, or from which you reckon forward".

 

Lecturas

Vol. 23, No. 4 (Oct. - Dec., 1962), pp. 550-557.

 Leopold von Ranke, Sobre las épocas en la Historia Moderna, ed. Dalmacio Negro, Editora Nacional, Madrid 1984.

Johan Nördstrom, Moyen Âge et Renaissance. Essai Historique, Librarie Stock, Paris 1933.

domingo, 16 de febrero de 2014

Macaulay y la guerra de sucesión española


(Retrato de Charles Mordaunt, conde de Peterborough)

Macaulay estuvo particularmente bien dotado para el arte de reseñar. Sus reseñas normalmente excedían la noticia e información sobre novedades bibliográficas yendo más allá del el simple comentario crítico de un libro para, en realidad, utilizar su lectura como excusa con la que desarrollar un ensayo de más o menos enjundia. En enero de 1833, tal vez malhumorado por tener que examinar los ocho volúmenes de la History of the War of the Succesion of Spain de Lord Mahon, apenas publicada un año antes, redactó un conjunto de reflexiones que vienen muy a propósito hoy en día. Macaulay se mostraba poco compasivo con un mamotreto de enojosa lectura, plúmbeo y rico en disquisiciones inútiles. Pero detrás de esa espesa niebla de digresiones se hallaba el relato de un episodio muy importante para la Historia de Europa, sirviéndose de la enorme cantidad de datos aportados por el aristocrático historiador para distinguir las líneas maestras que en el futuro servirían para estudiar y comprender dicho conflicto. Para empezar porque tenía dos facetas claramente distinguibles: "Yet, to judicious readers of history, the Spanish conflict is perhaps more interesting than the campaigns of Marlborough and Eugene. The fate of the Milanese and of the Low Countries was decided by military skill. The fate of Spain was decided by the peculiarities of the national character".
Visto así, podemos pensar que el historiador británico remitía a dos relatos en uno, la guerra civil española inscrita en el conflicto internacional. Pero no es el caso. Recuerda que la guerra no estalló en 1700, nada más conocerse el testamento de Carlos II. Las hostilidades fueron declaradas al mismo tiempo en Londres, Viena y La Haya, estando Felipe V en Nápoles y habiendo sido jurado rey por sus súbditos españoles. La situación que dejó atrás para asegurarse la fidelidad de sus súbditos italianos fue de desgobierno, dejando una situación tan precaria que facilitó la rebelión contra su autoridad. El príncipe de Hesse-Darmstadt, último virrey de Cataluña bajo Carlos II, figura como principal responsable de la adhesión al archiduque de minorías muy activas en Cataluña y Valencia. Cesado por Felipe V no se resignó a abandanar el principado y regresó a la cabeza de las tropas austríacas. Falleció en 1705, durante el sitio de Barcelona, sin haber logrado tener éxito para convencer a sus antiguos gobernados de las bondades de Carlos III de Habsburgo, solo logró reclutar a 5000 campesinos que tuvieron un papel irrelevante en el campo de batalla. Macaulay ve los acontecimientos a través de los ojos de los comandantes ingleses. Para él, sin duda alguna, el mejor de todos los dirigentes políticos y militares de entonces fue Charles Mordaunt, conde de Peterborough, a través de cuyo relato compone la situación de los austracistas en los primeros años de la guerra. Para este general la toma de Barcelona fue una distracción que hizo perder la guerra al archiduque. Desde un punto de vista militar la campaña debía haberse desarrollado en línea recta desde Valencia a Madrid, el camino era corto, estaba desguarnecido y la Corte de Madrid desconcertada. Costó sangre y esfuerzo tomar una ciudad que resistió con firmeza. Macaulay observa con atención que en las discusiones entre los mandos ingleses, holandeses y austríacos no se tenía en cuenta a los españoles, cuyo número y capacidad fue siempre insignificante. Solo después de conquistar Barcelona las autoridades catalanas aceptaron la causa austracista y fue un hecho consumado por la toma violenta de la capital, forzando a sus dirigentes a una actitud colaboricionista. Fue la capacidad de persuasión del conde la que hizo que la resistencia en la Corona de Aragon se transformase en cooperación, lo cual podría haberse extendido a Castilla de haber continuado al mando. La acomodación de los territorios orientales a los nuevos amos, reticente al principio y obsequiosa al final, fue el resultado de la paciente labor de Peterborough, quien para su desgracia no se hallaba entre los confidentes del archiduque. A juicio de Macaulay cuando el conde fue reemplazado por Galway se perdió la guerra. Aún más, si en vez del genio militar de Marlborough hubiera prevalecido el ingenio negociador de Peterborough, los Borbones hubieran perdido la corona española. En definitiva, la guerra civil fue inducida por las potencias enfrentadas por el reparto de la Monarquía española y no tuvo ninguna naturaleza espontánea, endógena.

Manuel Rivero

[Thomas Babington, Lord Macaulay, Critical and Historical Essays contributed to the Edinburgh Review, 5th ed. in 3 vols. (London: Longman, Brown, Green, and Longmans, 1848). Vol. 2]