viernes, 22 de septiembre de 2017

Crimen Laesae Maiestatis in primo capite: La muerte violenta del virrey como regicidio

Manuel Rivero Rodríguez
Director Instituto Universitario La Corte en Europa










El 13 de septiembre de 1642, el Consejo de Aragón envió al rey Felipe IV un informe solicitando enjuiciar a los representantes de las instituciones catalanas por haber cometido un delito de crimen de Lesa Majestad in primo capite. Dichas instituciones, al instigar el asesinato del virrey Santa Coloma, habían atentado contra la propia persona real. Los juristas aragoneses no pretendían juzgar un simple delito de rebelión. Tampoco hablaban de desobediencia o de atentado contra la autoridad. Iban más allá. Acusaban a las autoridades catalanas de haber cometido un crimen enorme. Es decir, habían cometido un delito contra el que no podía ejercerse ninguna forma de perdón. Porque era un crimen contra Dios y la naturaleza. Así, los consejeros consideraban que se había atentado contra la misma persona del rey, de modo que lo sucedido en el Corpus de Sangre de 1640 fue parecido a un regicidio.
Al enviar este dictamen para que el rey diera su consentimiento, vemos que los juristas del Consejo no estaban seguros de su decisión. No estaban seguros de hallarse ante un delito vil y monstruoso. No existía consenso. Tiempo atrás, entre 1559 y 1570, con motivo del pleito del virrey extranjero en Aragón, se discutió si los virreyes disponían de la condición de Majestad que poseían los reyes. A nuestro parecer, esta discusión sobre la naturaleza de los virreyes constituye un test imprescindible con el que conocer su perfil institucional. No es lo mismo considerarlo como un oficial, que es lo que pensaban los diputados aragoneses, ni como persona real, que es lo que pretendía Felipe II. El reconocimiento de la naturaleza del virrey como persona real se manifestó no sólo en la transferencia de símbolos y atribuciones del rey al virrey, sino en la realidad cotidiana del ejercicio del poder. Como explicó el Doctor Laguna, el virrey de Nueva España era a todos los efectos, el rey de Nueva España. En este sentido, el delito de Lesa Majestad nos permite hacer un seguimiento muy preciso de cómo cambia y se transforma esta institución. En primer lugar porque el término Majestad está asociado a la naturaleza divina del poder real. En España costó que se reconociese con este título a los reyes y sólo después de la Guerra de las Comunidades Carlos V logró la aceptación de este término para dirigirse a su persona.

Majestad: ¿qué significa?

Según la enciclopedia jurídica Lesa majestad denomina a un delito cometido contra la seguridad de la Nación o del Estado. Es un delito político en cuanto atenta al fundamento mismo del sistema y (según esta fuente) históricamente se dice lesa majestad, por lesionar moral o materialmente, la majestad simbolizada en el monarca o las personas de linaje real. Covarrubias en 1611 definió este crimen en su Tesoro de La Lengua Castellana: “El que se comete contra la persona, dignidad o Estado del rey”. Majestad así mismo, como señalan los diccionarios, es el tratamiento que se da a Dios, a los emperadores y a los reyes, siendo éste un orden de prelación pues es título que residiendo en la divinidad fue transferido primero a los emperadores cristianos y luego a algunos reyes de la Cristiandad. En la Biblia, tanto en la versión católica de la Vulgata como en la traducción inglesa del rey Jacobo el término "majestad" aparece sobre todo vinculado a Dios, a su poder superior en Job 37:22 como “esplendor” y 40:10 (“adórnate pues, de gloria y de honor, revístete de esplendor y majestad”), en Daniel 4:33 (“en ese instante recobré la razón y, para la gloria de mi reino, me fueron devueltos también mi majestad y mi esplendor”), en Carta a los Hebreos 1:3 (“se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas”) y 8:1 (“se sentó a la derecha del trono de la Majestad en los cielos”).
Eventualmente se traslada a los reyes para significar la naturaleza divina del origen de su potestad por lo que se asocia a monarcas como Salomón o Daniel. En España hubo fuerte resistencia a dar este tratamiento a los soberanos, el primero que empleará esta fórmula, no sin resistencias, fue Carlos V. Después de ser elegido emperador, durante los meses de agosto y septiembre de 1519, sus consejeros discurrieron cómo debía presentarse el soberano a sus súbditos y cómo deberían dirigirse a él, cuáles habían de ser sus armas y blasones, qué símbolos heráldicos habían de figurar en los sellos, cómo habían de ser los cuños para la fábrica de moneda, en qué lugares y donde debía estar presente la imagen de la autoridad del rey o como habría de ser la rúbrica real. Los reyes de Castilla y Aragón siempre habían sido tratados como señores, primus inter pares, cabeza designada por la comunidad para regirla. La costumbre de jurar a los herederos en las Cortes y los ritos de reconocimiento del rey si bien recordaban que la realeza tenía un carácter sagrado también recordaban que debía existir una ratificación de los estamentos. Los consejeros del emperador emplearon todo el verano para establecer los cuarteles de los escudos de armas, redactar los lemas (como el famoso "plus ultra") y disponer la prelación de los títulos. El 5 de septiembre se publicó la pragmática de los títulos del soberano, en cuyo preámbulo se indicaba su necesidad de poner "a cada uno su debido lugar": "que nuestra intención y voluntad es que la libertad y exemption que los dichos Reinos de España y Reyes dellos han tenido y tienen de que han gozado y gozan de no reconocer superior les sea aora y de aqui adelante observada y guardada inviolablemente y que gozen de aquel estado de libertad e ingenuydad que al tiempo de nuestra promoción y antes mejor y más cumplidamente tuvieron y gozaron".
Pero esta advertencia no logró disimular algo que alarmó a los súbditos españoles, la novedad de dirigirse al soberano como "Vuesa Magestad" o "Sacra y Cesárea Majestad". Provocó escándalo, así como desconfianza, incrementando la insatisfacción de los súbditos que no compartían esa concepción del poder. Se abría la brecha que provocó la Guerra de las Comunidades. El Gran Canciller Gattinara quería, por medio de este tratamiento, hacer de Carlos V un nuevo Carlomagno, adoptando un título asociado al propio Dios (porque la Majestad era un atributo divino) y que le confería una superioridad sobrenatural, lo cual era preciso para construir la Monarquía Universal. Para evitar conflictos, la Cancillería transigió en distinguir las fórmulas de tratamiento según los usos de cada territorio, a los castellanos según la tradición de Castilla, a los de Aragón lo mismo, etc. así mismo el soberano firmaría siempre que se dirigiese a castellanos o aragoneses "Yo el Rey", en ningún caso como "el emperador" (que sería la fórmula elegida para sus súbditos alemanes), pero de forma genérica exigiría que los documentos se dirigieran a él con el tratamiento Sacra Cesárea Majestad.

Laesae maiestatis: Delito contra la Majestad


Este delito estuvo contemplado por el derecho romano como aquel que era perpetrado contra la comunidad política, el Respublica, aquel delito cuyo fin era destruir la autoridad soberana. Más tarde, cuando la soberanía fue encarnada en el emperador, el delito fue aplicado contra aquellos que atacaban a su persona y sus ministros, entendiendo que con este ataque se pretendía la destrucción de los fundamentos sobre los que se edificaba la comunidad. Así, el intento de destruir las instituciones y quebrantar el derecho tenía reservado el máximo castigo. El Papa Gregorio VII recobró esta norma cuando recuperó la recopilación del Corpus Iuris Civilis extendiendo el contenido o significado del delito de ataque contra el interés público, a aquel dirigido contra la Cristiandad en su conjunto. Más tarde, el Papa Inocencio III adaptó esa definición del delito para castigar la herejía, por ir contra de Dios, único soberano existente, poseedor de la Majestad. Igualmente, los emperadores del Imperio Romano Cristiano incluyeron en los códigos dicho delito, adoptando la fórmula latina a su propia persona. Así mismo, el pontífice también consideró que esta fórmula era aplicable a los reyes cristianos de Francia e Inglaterra, sancionando el poder divino de los reyes. De este modo, esto era ya un crimen castigado por las leyes inglesas desde el año 1180 y en Francia desde 1372. En 1385, apareció en el inventario de crímenes enormes definidos por Jean Boutillier (1385). Estos crímenes eran aquellos que por su naturaleza monstruosa no eran susceptibles de perdón, incluyendo junta al de Laesae maiestatis los crímenes de traición, asesinato premeditado, envenenamiento, simonía, asalto a viajeros y aborto.
El crimen tomó forma y fue incluido en los sistemas legales de Occidente al mismo tiempo que se desarrollaba el principio monárquico como fundamento de las comunidades políticas de la Europa Moderna, cuyas monarquías se alejaban de sus orígenes electivos y construían su legitimidad sobre la dinastía y su naturaleza divina. El crimen de Lesa Majestad adquirió así mismo un carácter tan excepcional que incluso la pena de muerte implicaba un tratamiento singularizado por ser el más odioso de todos los delitos que conllevaba una condena que se prolongaba más allá de la muerte, de modo que contaba con una serie de ceremonias brutales y espeluznantes, amputación de miembros, desmembramiento con tiros de mulas, aplicación de hierros candentes, exposición del cuerpo en las puertas de las ciudades, y se priva de sepultura a los delincuentes, entre otras muchas cosas.

El virrey como persona real


El problema de conferir Majestad al soberano era que su poder era indelegable. Un memorial redactado por los letrados del Consejo de Aragón advertía a Carlos V que hay cosas "tan affixas a su dignidad real que no puede Su Magestad dexar las de proveer por su misma real persona sino negando el officio de Rey, que es imposible". Solo podía haber un soberano, "porque ser lugarteniente general no puede exercitar fuera del reyno actos juridicionales como sta dicho".
Pese a todo, durante las Cortes Generales de la Corona de Aragón, celebradas en 1528, la Corte recibió la inesperada visita de Hernán Cortés. Los consejeros del rey-emperador tomaron conciencia de las dimensiones gigantescas de la Monarquía y de la necesidad de organizar su gobierno. Fue entonces cuando se tomó la decisión de utilizar el virreinato como mecanismo con el que gobernar muchos reinos sin que el rey estuviera ausente de ellos. Mediante vicarios. Si el rey era vicario de Dios en lo temporal, el rey podía delegar a su vez en vicarios que guardasen su ausencia.
Ahora bien, si era difícil aceptar como Majestad al rey, más difícil era que se aceptara tal denominación a quien la población contemplaba como un ministro, como se vio en el pleito del virrey extranjero en Aragón. Allí se clarificó que el virrey no era un oficial real de alto rango sino la misma persona real, por lo que no podía ajustarse a la cláusula de nombrar para ese puesto a naturales del reino sino a familiares del rey. Quizá este pleito sirvió para que Felipe II se interesase por dotar a sus virreyes de un vínculo familiar y no institucional, exigiendo una plena identidad entre su persona y su vicario. Esto es evidente en los cambios legislativos propiciados en el reino de Nápoles tras las alteraciones provocadas por el intento de establecer la Inquisición española. En 1564 en la legislación napolitana se extendió el delito de Lesa Magestad contra quienes atentasen contra la vida e integridad del virrey como si de la propia persona real se tratara "que todos aquellos que por qualquier causa aunque sea privada, publica o secretamente intentaren algo contra la persona del Virrey para offenderle incurran in crimen lesse Magestatis in primo Capite aunque no se aya seguido el effecto y sean castigados con pena de muerte natural y perdimio de sus bienes".
Durante la década de 1570, Felipe II permitió que los virreyes actuasen de manera autónoma con una muy baja fiscalización de la Corte de Madrid. Cuando en la década de 1580 se reformaron los consejos territoriales, tal independencia carecía de sentido. De ello fue consciente el soberano según se desprende de un billete enviado a Mateo Vázquez el 20 de marzo de 1579. En él lamenta que los virreyes de Nápoles y Sicilia, y el gobernador de Milán: "han hecho suelta de las cosas que allí se dicen, no se yo ni creo que tengan orden para ello, y será bien que lo tratéis con alguno de aquel Consejo (de Italia) para saver como es aquello, porque yo creo convendría remediarlo para adelante".
Pero no pudo hacerlo. Las instrucciones y el título del duque de Osuna nombrado virrey de Nápoles en 1581 confirmaban que el virrey era como un rey: "et concedentes eidem Duci amplissimam auctoritatem et potestatem, ut nostris vice nomine, et auctoritate, et tanquam persona nostra, et alter nos possit et valeat super ipsios, et quemlibet ipsorum universaliter, singulariter, ac distincte disponere, mandare, ordinare et statuere pro suo arbitrio per servitio nostro, bono status, conservationi, et beneficio Reipublicae dicti Regni Nostri". Dicho documento, solemnemente leído a las autoridades de las provincias, transmitía la traslación de los atributos inherentes a la autoridad soberana a la que debían acatar como representación de la Majestad real. Es más, tampoco las instituciones de la Monarquía estaban facultadas para obstaculizar el gobierno de los virreyes o anular sus decisiones. Solo podían sugerir a rey que los cesase en caso de mal comportamiento. Así lo señala en 1616 un informe del Consejo de Italia:
"Pero por no ser cosa que se ha acostumbrado el Consejo poner la mano en averiguar culpas de virreyes y governadores de Italia lo representa a V.Md. (...) porque siendo negocio tan grave, como es poner la mano en persona de un virrey y en semejante materia pareçe que no será de mover V.Md. a mandar que se tome ynformación de la verdad".

Es necesario estudiar cómo esta percepción de la encarnación de la Majestad real en el virrey no siempre estuvo legislada, pensamos que el caso napolitano es excepcional, porque dado que la persona real está por encima de las leyes este delito atañía a la realeza y no a los reinos. El delito, por enorme y monstruoso, no se consignó siempre en las colecciones legislativas, se sobrentendía por el derecho común. Además, los asesinatos de virreyes son más bien escasos, entre los siglos XVI y XVII sólo se cometieron tres asesinatos de virreyes, Perú, Cataluña y Cerdeña. En el siglo XVI se daba por descontado que el castigo que correspondía a este delito era al del atentado contra la Majestad real. Tenemos un ejemplo interesante en el caso Marco Antonio Colonna cuyo fallecimiento inesperado hizo sospechar un homicidio. Era virrey de Sicilia, había sufrido diversos atentados fallidos contra su persona, por lo que el Consejo de Estado envió oficiales a la isla en 1584 para que hicieran averiguaciones, abriendo una pesquisa que debía indagar sobre si había sido víctima de envenenamiento y, si así fuera, localizar a los probables asesinos y castigarlos conforme a lo dispuesto para los culpables del crimen de Lesa Majestad.


La crisis del virreinato y la reformulación de la dignidad virreinal


Es muy sintomático que, en el siglo XVII, tras el asesinato del virrey Santa Coloma, comenzase a ponerse en duda la aplicación de este precepto. A juicio de Paolo Prodi justamente la transformación del delito de Lesa Magestad, que llega a tener un carácter totalizador, como una rebelión contra Dios, pasa a un segundo término y se enfatiza el castigo a la traición como un delito dirigido contra el orden y la Ley. Es decir, se seculariza la represión del delito contra la integridad del soberano. Algo de esto se puede apreciar en las discusiones del parecer del Consejo de Aragón en 1642, donde se debate y se duda sobre la conveniencia de castigar la comisión de este delito en la persona de Santa Coloma. Es el punto de partida de un cambio que por una parte afecta a la misma concepción del regicidio, que en la Corte de Felipe IV se hará más patente a partir de 1649 al discutirse la conveniencia de establecer relaciones diplomáticas con la República inglesa, y por otra afecta a la separación de la esfera jurídica de la religiosa en el gobierno de la Monarquía llevarán a la redefinición de la figura viceregia como ministerio y no como ejercicio de soberanía. Los tratados de Vilosa y Cortiada, desarrollados tras el asesinato del virrey de Cerdeña, tendrán una enorme influencia en pensadores del derecho tan influyentes como Solórzano de Pereira y la confección del título de virrey en las Leyes de Indias. A través del estudio de la extensión primero y la restricción después del delito de Lesa Majestad en la persona de los virreyes no sólo disponemos de una vía de análisis del perfil institucional del virreinato sino también de la propia interpretación de la soberanía real y sus límites.




Bibliografía


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martes, 16 de febrero de 2016

Diplomacia entre desiguales



Diplomacia y negociación entre desiguales: La misión del senador Rovida en la junta de jurisdicciones de Roma.


Manuel Rivero Rodríguez
(IULCE-UAM)

DOI: 10.13140/RG.2.1.4547.8162


Presentación

En los últimos años hemos asistido a un importante incremento de publicaciones, simposios y congresos relacionados con la diplomacia y las relaciones internacionales en la Edad Moderna, las razones son académicas, sin duda, pues desde hace algún tiempo la nueva historia diplomática tomó fuerza y ha crecido empleando de manera original los hallazgos de la Historia económica, social y cultural. No obstante, bajo este retorno a lo político, regresa casi de contrabando el revival de la vieja Historia política, volviendo a viejos postulados, abordando las relaciones exteriores en la Edad Moderna como si fueran las de un sistema de estados nación que actúan como sujetos iguales dentro de una comunidad (Hogan 2004; Schweizer and Schumann 2008).
Recordemos que la diplomacia del Renacimiento nació de una invención, el sistema italiano de Lodi donde un conjunto de estados funcionaban como una comunidad de iguales. La invención del sistema italiano por obra y gracia de la historiografía romántica fue fruto de dos personalidades históricas que, siguiendo a Hegel, personificaron en el Estado la cumbre de la civilización occidental. Sismondi y Burkhardt situaron la diplomacia en un tema estrella en el discurso de la construcción del Estado, State Building. Estos autores fijaron el nacimiento del Estado “como obra de Arte” en la Italia del siglo XV, centro del que nació la civilización occidental, cuando se comenzó a pensar como hoy pensamos, derramando su influencia civilizadora al conjunto de Europa. En el sistema italiano se inició el recorrido que condujo al sistema europeo y de ahí se progresó a nuestro actual sistema internacional. Burkhardt dedicó un capítulo de La cultura del Renacimiento en Italia al análisis “de la política exterior de los estados italianos", la diplomacia vinculada al desarrollo del poder y la autoridad del soberano, identificándose estos como miembros de una comunidad. Pero, era una lectura parcial que ignoraba las servidumbres y desigualdades existentes entre los partícipes en dicha comunidad (Burckhardt 2004; Sismondi 1826). En una obra pionera y hoy injustamente olvidada, La diplomacia del Renacimiento, Garrett Mattingly, advertía que la diplomacia y el concepto de embajador que utilizamos coloquialmente, no existían ni eran concebibles antes de 1648, y aún después de Westfalia carecían de precisión semántica, empleándose un sinnúmero de términos para referirse a los individuos que efectuaban las funciones que hoy asimilamos a un acto de embajada, orator, legatus, nuncius, missus, messagiero, embajador… designando con ellos un cometido que se define como procuración, es decir,  un acto por el que una persona reemplazaba a un titular de derechos para negociar, comunicar o sellar transacciones en nombre de otro (Mattingly 2015). La imposibilidad de establecer equivalencias con nuestro mundo contemporáneo se debe sobre todo a que mientras Europa fue Cristiandad y no un sistema (como lo definió Vattel en el siglo XVIII) todos los soberanos y suzeranos europeos circulaban dentro de un mismo espacio de derecho (Rivero Rodríguez 2000; Mattingly 2015). Las embajadas permanentes eran escasas, siendo frecuente en muchos manuales que se emplean cotidianamente que se adjetiva como embajadas permanentes a misiones discontinuas, como ocurre en España con las embajadas “de” Londres, París, Praga, Génova o Venecia, pongamos por caso, que no debieran ser denominadas “de” sino “en”. De todas, sólo puede considerarse permanente la embajada en Roma, porque allí reside jurisdicción. Tiene autoridad que le es propia. En conjunto, la mayor parte de las embajadas eran efímeras y formaban todas ellas una tupida red de negociaciones de diversas naturaleza que atendían a la necesidad de los soberanos de comportarse como una “sociedad” intercomunicada, enviando representantes en actos que vinculaban a las dinastías reinantes (bodas, coronaciones, funerales, bautizos, etc…) o bien tratar asuntos o negocios de Estado, desde sellar una alianza, firmar una paz, declarar una guerra o solucionar los continuos problemas jurisdiccionales existentes en un espacio tejido con jurisdicciones yuxtapuestas, que muchas veces o muy frecuentemente eran contradictorias, implicando una situación de negociación permanente, casi perpetua, donde no existía un sistema de estados, sino de derechos de estados que han de ser defendidos y reconocidos puntualmente en un marco de relaciones desiguales. Son desiguales porque se hallan en un sistema jerárquico compuesto por soberanos (que no reconocen superior en lo temporal) y suzeranos (que sí reconocen autoridades superiores). Ningún soberano se encuentra en una situación de soberanía absoluta, siempre hay lugares y materias en los que será suzerano (Weckmann Muñoz 1993). 


Entre Londres y Roma

Las embajadas nunca dejaron de ser actos solemnes que sellaban acuerdos. Como señalamos antes, la presencia de sedes diplomáticas permanentes era rara, vista con recelo como nidos de “honorables espías”. De hecho las representaciones de los embajadores se vinculan a dichos momentos, como es el caso de la imagen de la Conferencia de Somerset House, muy conocida porque suele emplearse como imagen para ilustrar estudios sobre la diplomacia moderna, en la pintura destacan los retratos de los negociadores de la paz entre España e Inglaterra en 1604. En ella, aparecen retratados los miembros de dos legaciones, española e inglesa, en el momento de firmar un tratado de paz. Observando el cuadro advertimos que la embajada española era poco española, la encabezaba Juan de Velasco, duque de Frías, condestable de Castilla, con Juan de Tassis, Conde de Villa Mediana, Alessandro Rovida, senador de Milán, Charles de Ligne, Conde de Aremberg, Jean Richardot, Presidente de Consejo Privado de los Países Bajos, y Louis Verekyn, Audiencier de Bruselas y primer secretario.


Alessandro Rovida

Alessandro Rovida y Juan de Tassis, fueron los agentes que se adelantaron al encuentro para debatir el texto del inminente tratado, no llamándose al embajador (que seguía sus trabajos desde los Países Bajos) hasta que no se hubo redactado un texto del gusto de la Corte madrileña. Ambos tenían órdenes precisas de no atender más que a los intereses del rey de España y desentenderse de la suerte del catolicismo británico. Rovida, que era un excelente retórico, pronunció un célebre "oratio" al rey Jacobo en la audiencia celebrada el 22 de mayo de 1604. El senador era importante en la legación porque era un hábil negociador, porque el condestable de Castilla, era presidente del Consejo Italia mientras estuvo en Inglaterra y necesitaba tener cerca a un consejero de dicho organismo y porque era su hombre de confianza desde mucho tiempo atrás. Pero, además, la presencia del senador milanes dejaba clara la intención de la Corte de ejercer presión sobre la Santa Sede para cercenar sus injerencias en la política interior y exterior de la Monarquía.


Firma de Alessandro Rovida

Durante la última década del siglo XVI el antagonismo por la supremacía entre España y el Papado marcó la vida política de Italia. Desde el pontificado de Sixto V, el jurisdiccionalismo romano se hallaba en la raíz de un intento de recuperación de la “libertad de Italia”, de desembarazarse de la tutela española. Milán fue el escenario en el que se teatralizó este enfrentamiento y no es casualidad que los campeones de la defensa de la jurisdicción secular fueran los negociadores que iban a desterrar el confesionalismo de la política exterior, siguiendo una línea de pensamiento inspirada en Justo Lipsio (como atestigua la correspondencia del condestable con el humanista flamenco). Pero esas ideas nada hubieran podido hacer ante la beligerancia jurídica romana sin Alessandro Rovida, jurista, profesor de la Universidad de Milán, gran conocedor del derecho civil y eclesiástico, autor de obras técnicas de jurisprudencia (Pro regia juristictione en matéria edicti, en Milán sin fecha), literarias (Canzone en matéria di peste, Gio Battista da Ponte, Milano 1577) e incluso políticas (Legalia Politica del que sólo conocemos el nombre, los ejemplares fueron destruidos y no se conoce ninguna copia del texto, que se puede dar por perdido). Alcanzó la fama por un libro escrito a demanda del condestable de Castilla que trascendió las fronteras de Lombardía, Ad sacram catholicam maiestatem informatio de contentionibus iurisdictionalibus et episcopis cum archipescopo mediolanensis provinciae (publicado en Milán sin fecha). Probablemente compuesto en 1595, es inseparable de otro texto escrito por el propio Juan de Velasco, que es un complemento romanceado de las tesis del senador, Quaderno de varias escrituras en las diferencias de jurisdicciones eclesiástica y real del estado de Milán (Milán, 1597). Ambos volúmenes ponían en conocimiento público la abusiva pretensión de la superioridad eclesiástica exigida por el Arzobispo de Milán, el cardenal Borromeo, sobre las autoridades seculares. El segundo de dichos libros era una colección de documentos originales sobre las negociaciones secretas de las jurisdicciones de Milán con el Papa y, no por casualidad, volvería a publicarse en 1606, traducido al latín y firmado por Johannes Baptista Vicecomes, un seudónimo de Velasco. 
Textos de una enorme trascendencia, resultado de un acontecimiento que perturbó el statu quo ante en las relaciones hispano pontificias. En 1594 el cardenal y Arzobispo de Milán Francesco Borromeo, excomulgó a la guardia del gobernador y publicó un interdicto contra las autoridades españolas. El decreto de condena contenía palabras insultantes contra los españoles, pues la causa esgrimida no era por desafueros sino por "Maranatha" ("marranadas"). Es decir, el gobernador y sus ministros se comportaban como judíos. Hubo una rápida protesta diplomática y el Papa aprovechó la ocasión para convocar una comisión que negociaría un acuerdo entre las autoridades civiles y eclesiásticas. Los documentos originales, firmados por Velasco y Rovida, se hallan en el manuscrito número 961 de la Biblioteca Nacional de España en un volumen encuadernado con el título Iohannis helecho. Castellae Velasci magni Consilii Italici regii Comestabilis ac en Hispania Vindicata iurisdictione Mediolanensi exprincipe commentarius. En las cartas cruzadas entre Rovida y Velasco aflora la naturaleza del conflicto: "Ellos [la Corte Papal] violentamente querían usurpar el dominio temporal de su majestad". En Roma, Rovida preparó un argumentario que exigía la subordinación de la autoridad eclesiástica a la autoridad pública empleando todo su aparato erudito de citas de autoridades legales, civiles y canónicas, sin perder de vista su objetivo. Todo este aparato jurisprudencial vestía un alegato que, desnudo de citas legales, pudiera permitir a la Iglesia plegarse a sus exigencias por mor de ciencia jurídica, dando por hecho que las alegaciones técnicas eran un manto que cubría con palabras la fuerza de los hechos, es decir, la resolución de un pulso entre autoridades para someterse la una a la otra, era un problema de poder. Las sutilezas desaparecían en documentos internos, cuando había que explicar el porqué de los alegaciones presentadas, como ocurre en un documento con forma una interesante carta titulada A los que el pecado, antojos de odio, amor o dissinio dessean topar con la verdad, firmada en Milán el 1 de septiembre de 1600 donde se reflexiona sobre la soberanía en unos términos que veremos repetirse durante las negociaciones con Inglaterra, explicando que la fe cristiana no está en contradicción con la defensa de lo propio, una cosa era la autoridad y otra muy distinta la fe. Rovida y Velasco, fijaban su defensa en el Imperio de su soberano, en la integridad de su autoridad: "mis contrastes han sido con los que ambiciosa y han querido usurpar violentamente el domínio temporal que su Magestad me fió". En una carta enviada al secretario de Italia en Madrid, Juan López, el 5 de noviembre de 1599, expresaba Velasco su certeza absoluta en el éxito frente a Borromeo, porque el Consejo de Estado estaba empeñado en mantener a raya el jurisdiccionalismo romano después del revés que supuso la sucesión de Ferrara en el año 1598. No era una Monarquía Católica lo que se defendía, sino una Monarquía de España, por lo que la defensa de las jurisdicciones o los tratados con herejes e infieles tocaban por igual las fibras sensibles de la constitución misma del sistema político. Una línea de pensamiento que se resume en una frase del comentario de Quevedo a la carta de Fernando el Católico al duque de Ribagorza: “La conservación de la jurisdicción y reputación ni ha de consentir dudas, ni temer respetos, ni detenerse en elegir medios”(Riandióre la Roche 2004; Peraita 1997). Se refería a la que a su juicio era la principal amenaza que pesaba sobre la Casa de Austria, lo que provocaría la decadencia de España sería no hacer una política propia sino católica. En la actividad conjunta de Velasco y Rovida, en Londres y en Roma, esa era su idea directriz, definir y defender el dominio de su soberano y no servir a otros intereses que no fueran los suyos. 

Jurisdiccionalismo, imperio y gobierno del mundo

En la tradición inaugurada por Burkhardt la diplomacia constituía uno de los pilares del Estado. Sin embargo, en un mundo en el que no existía el derecho de embajada ni tampoco un sistema de estado reglamentado, la impresión que se puede obtener a primera vista es la de un cierto pluricentrismo, sin embargo, como vemos, existen unas directrices políticas integradas e interconectadas. Durante las negociaciones romanas, hubo contactos informales con agentes y enviados ingleses que so pretexto de hacer el Grand Tour contactaron con las autoridades españolas para ir negociando la paz. Desde Roma estas tentativas se observaban con preocupación y del mismo modo que en Madrid se temía al jurisdiccionalismo romano allí temían al regalismo español con un afán de dominación desmedido. La revuelta de Nápoles de 1599, según confesó uno de sus protagonistas, Tommasso Campanella, estuvo motivada por los conflictos jurisdiccionales pues manifestaban la confrontación de dos modelos antagónicos en la construcción de la Cristiandad. Campanella compuso su Monarquía Hispánica en 1598, acuciado por la pretensión de conciliar ambas tendencias, bajo la dirección de la Iglesia los soberanos españoles harían resplandecer el reino de Dios. No sólo había temor a que la hegemonía española anulase Italia, también al mundo (Headley 1997; Plouchart Cohn 2004). En 1594, el rey de Ceilán Joao Perapondar legó su estado a Felipe II. Ésta fue la última incorporación importante al Imperio español cuyo crecimiento parecía imparable. Europa, Asia, Africa y América tarde o temprano podrían estar bajo un mismo espacio político, había planes para conquistar China y extender el poder español en Arabia con ayuda de Persia (Queiros 1687; Biedermann 2009). Campanella comprendía que la Historia de la Humanidad era una sucesión de imperios, el español era el último de una larga lista que arrancaba en Ciro. Lo que diferenciaba a éste imperio de sus predecesores era su carácter mundial. A su juicio, la civilización siempre estuvo marcada por un potencia dominante que transmitía sus leyes, costumbres e ideas estéticas al resto de las sociedades humanas, actuando como ejemplo y modelo a seguir. Desde su punto de vista, la Historia era un continuo relevo de imperios que hoy identificamos con civilizaciones: egipcios, asirios, babilonios, griegos, persas, romanos, árabes se sucedieron a la cabeza del mundo hasta que llegaron los españoles (Campanella 1982). Como la mayoría de sus contemporáneos, Campanella pensaba que el mundo necesitaba una monarquía universal, bajo cuyo dominio la unidad política del globo terráqueo alcanzaría la unidad de los pueblos en la fe cristiana, siguiendo el curso de la Historia que concluiría en el «Reino de Dios» (Headley 1997). Las profecías mesiánicas acompañaron siempre la idea de Imperio. Desde Colón a Campanella, la expansión territorial y el dominio sobre pueblos y naciones siempre se justificó porque los soberanos tenían la responsabilidad de extender la civilización, combatir la barbarie y preparar la Humanidad para la venida del salvador sin embargo los conflictos jurisdiccionales permitían dudar de que ese fuera el propósito del rey de España y la paz con los herejes en Inglaterra parecía confirmarlo.

Bibliografía

-Biedermann, Zoltan. 2009. “The Matrioshka Principle and How It Was Overcome : Portuguese and Habsburg Imperial Attitudes in Sri Lanka and the Responses of the Rulers of Kotte (1506-1598).” Journal of Early Modern History 13 (4): 265–310. doi:10.1163/138537809X12528970165181.
-Burckhardt, Jacob. 2004. La Cultura Del Renacimiento En Italia. Ediciones AKAL. 
-Campanella, Tomás. 1982. La Monarquía Hispánica. Madrid: Centro de estudios constitucionales.
-Headley, John M. 1997. Tommaso Campanella and the Transformation of the World. 
-Hogan, Michael J. 2004. “The ‘Next Big Thing’: The Future of Diplomatic History in a Global Age.” Diplomatic History 28 (1): 1–20. doi:10.1111/j.1467-7709.2004.00396.x.
-Mattingly, Garrett. 2015. Renaissance Diplomacy. Ravenio Books. 
-Peraita, Carmen. 1997. Quevedo Y El Joven Felipe IV :el Príncipe Cristiano Y El Arte Del Consejo. Reichenberger.
-Plouchart Cohn, Florence. 2004. “Il Dialogo Tra Un Veneziano, Spagnolo E Francese Di Tommaso Campanella Fra Storia E Profezia.” Bruniana & Campanelliana 10 (2): 319–32.
-Queiros, Fernão de. 1687. Conquista Temporal, E Espiritual de Ceylão Ordenada Pelo Padre Fernão de Queiroz, Da Companhia de Jesus, Da Provincia de Goa, Com Muytas Outras Proveytosas Noticias Pertencentes â Disposição, & Governo Do Estado de Índia [Manuscrito]. Goa: Biblioteca Nacional de Barasil. doi:CDD mss1233568.
-Riandióre la Roche, Josette. 2004. “Quevedo Y La Santa Sede: Problemas de Coherencia Ideológica Y de Edición.” La Perinola. Revista de Investigación Quevediana, no. 8: 397–431. http://hdl.handle.net/10171/5618.
-Rivero Rodríguez, Manuel. 2000. Diplomacia Y Relaciones Exteriores En La Edad Moderna, 1453-1794. Alianza. 
-Schweizer, Karl W., and Matt J. Schumann. 2008. “The Revitalization of Diplomatic History: Renewed Reflections.” Diplomacy & Statecraft 19 (2): 149–86. doi:10.1080/09592290802096174.
-Sismondi, Jean Charles Léonard Simonde de. 1826. Histoire Des Républiques Italiennes Du Moyen âge, Volume 1. Aug. Wahlen. 
-Weckmann Muñoz, Luis. 1993. El Pensamiento Político Medieval Y Los Orígenes Del Derecho Internacional. Fondo de Cultura Económica. 

Contenido de la intervención en el seminario de EEHAR 17 febrero 2016


miércoles, 10 de junio de 2015

El libro blanco del príncipe don Carlos, Felipe II viajero imaginario

Es muy conocida una anécdota que refieren casi todas las biografías modernas de Felipe II relativas a la reluctancia del rey prudente a viajar. Según se cuenta, el príncipe don Carlos, para criticar la política de su padre, “mandó que le hicieran un libro en blanco y como burla le puso el título de Los grandes viajes del rey don Felipe, y luego escribió: ‘... el viaje de Madrid al Pardo, del Pardo a El Escorial, de El Escorial a Aranjuez, de Aranjuez a Toledo, de Toledo a Valladolid, etc.’ Todas las hojas del libro las llenó con estas inscripciones y escrituras ridículas, burlándose del rey su padre y de sus viajes, así como de las jornadas que hacía a su casa de recreo. El rey lo supo, vio el libro y se incomodó mucho contra él”. Hay varias versiones de este suceso, pero la fuente de todas ellas es Brantôme . Esta anécdota se ha empleado como ilustración de una característica propia al soberano, como era la de ser un rey sedentario, prisionero de sí mismo en El Escorial o, como refería su cronista, Luis Cabrera de Córdoba un soberano inmóvil que “meneaba el mundo desde su real asiento” . Contra esa imagen tópica Mari Angeles Pérez Samper y Geoffrey Parker han argumentado que Felipe II fue un viajero compulsivo y no les falta razón si lo vemos en una muestra cronológica a partir de 1561:

Corona de Aragón 1563-1564
Andalucía 1570
Portugal 1580-1583
Corona de Aragón 1585-1586
Navarra y Corona de Aragón 1592

Pero es preciso señalar que muy pocos de ellos tuvieron el carácter de verdadero viaje real, de Corte en movimiento, como había sido característico antes de 1561. Es evidente que el príncipe se mofaba de la nueva forma de gobernar de su padre y sobre todo fijar la residencia de la Corte. Todos los monarcas del siglo XVI hacían viajes periódicos, no ocasionales, para mantener un continuo diálogo ceremonial entre gobernantes y gobernados. La ausencia del rey era una anomalía, el mal gobernante no viajaba y rehuía el contacto con sus súbditos y, por tal motivo, la imagen de Felipe II encerrado en El Escorial constituyó uno de los temas preferidos de la propaganda que sus enemigos emplearon para denostarle. 
Los motivos de Felipe II para tomar esa decisión no son bien conocidos y los estudios que abordan las razones de la capitalidad de Madrid suelen moverse entre indicios y conjeturas. No obstante, el sentido parece claro en el testimonio de fray José de Sigüenza al analizar el plan de construcción del monasterio de El Escorial, que es fundamental para entender el proceso: "comenzó lo primero a poner los ojos dónde asentaría su Corte, entendiendo cuán importante es la quietud del príncipe, y estar en un lugar para desde allí proveerlo todo y darle vida, pues es el corazón del cuerpo grande del Reino". Así mismo, la identificación de este proyecto con el rey Salomón y, por tanto, el de la ciudad ideal de gobierno donde la urbe que es residencia del soberano se halla conectada a un palacio/templo. No es una concepción original, el Papa Nicolás V operó del mismo modo en Roma, el palacio y templo Vaticano, exento a la ciudad, se comunicaba con ella del mismo modo que dispuso Salomón. El modelo era por tanto Jerusalén y las connotaciones bíblicas parecen evidentes, constituir el centro de un poder universal.

El rey Salomón (Felipe II) recibiendo a la reina de Saba (catedral de Gante)

Se ha insistido hasta la saciedad en señalar que esta idea era completamente opuesta a la forma de gobernar de Carlos V, pero esto requiere matizarse. Hasta 1527, el emperador fue sobre todo y ante todo un soberano borgoñón al que le resultaba ajena la idea de Imperio. El título y los estados de los Habsburgo constituían la herencia irrenunciable de sus abuelos pero él había sido educado en los principios caballerescos que le habían imbuido sus tutores y consejeros, desde Guillermo de Croy hasta Erasmo de Rotterdam. No concebía otra forma de ser un buen soberano que la del padre de familia que vive con sus parientes, les escucha y les da consuelo. Sin embargo, después del Saco de Roma el consejo del emperador se hizo más plural, encabezado por el Gran Canciller Gattinara cambió totalmente los hábitos flamencos y propuso un nuevo modelo de gobierno. La razón era clara. Los consejeros flamencos habían sido incapaces de entender las obligaciones de un Emperador Cristiano lo cual había provocado no sólo la crisis protestante sino también la disociación entre las dos jefaturas universales del Papado y del Imperio. Gattinara proponía que, del mismo modo que el Papa residía en un lugar donde tenía asentada su Corte otro tanto debía hacer el emperador. Durante el año de 1528 se discutió incluso si el Emperador debía arrogarse a jefatura de la Iglesia y comportarse según la profecía del último emperador uniendo el mundo bajo “un solo pastor, una sola espada y una sola fe”. El Gran Canciller concibió este proyecto no sólo como idea, pensó también en los aspectos prácticos por lo que en las Cortes de Monzón de 1528 diseñó las líneas maestras del modelo de gobierno que constituyó el sistema virreinal. Aun cuando hay virreyes desde el siglo XV en la Corona de Aragón, este cometido tenía un carácter temporal, cubriendo las ausencias del rey. Es muy distinto cuando ha de cubrir una ausencia permanente porque el virrey ha de emular al rey ausente y ser en toda circunstancia el doble del rey. El problema era cómo hacer presente a la realeza estando ausente. Es decir, debía diseñarse una política de la presencia.


Como es bien sabido este plan no se llevó a cabo. Se definió el carácter del virreinato para España y la Corona de Aragón en 1528 y, en la Junta de Génova de 1529, para América. Sin embargo, el fallecimiento de Gattinara en 1530 y de Alfonso de Valdés en 1532 dejó sin valedores este proyecto. El emperador nunca asentó su Corte y continuó viajando continuamente por sus territorios. Como muy bien ha indicado Elena Bonora, las expectativas de un Imperio Cristiano nunca se cumplieron, tal vez porque el consejo se hallaba dividido de nuevo pero esta vez por el ascenso de los españoles. El discurso imperial de 1536, pronunciado en Roma íntegramente en español y la publicación del diálogo de la lengua por Juan de Valdés en Nápoles (1532) indicaban que la “lingua di Corte”, es decir, la lengua del poder imperial era el español. El movimiento de los espirituales de Juan de Valdés y su modelo reformista enlazaba con una tercera vía que no era ni católica ni protestante pero sí imperial. Sin embargo esta novedad en la concepción de la Cristiandad puso en marcha fuertes reticencias en Italia y en casi toda Europa, lo cual favorecería que el Concilio de Trento encaminase sus trabajos a construir una Italia del Papa que no del emperador. El cónclave de 1550 que eleva a Julio III tiene como resultado la suspensión del concilio y se asiste a una dura competencia entre los poderes universales. 

Indudablemente, el matrimonio de Felipe II con María I Tudor fue un acto de afirmación imperial, Reginald Pole, seguidor de Valdés, con la colaboración del cardenal Carranza, llevaría a cabo la reforma de la Iglesia de Inglaterra devolviéndola a la obediencia de Roma. Sin embargo, el cónclave del 23 de mayo de 1555 que elevó al solio a Paulo IV Caraffa provocó finalmente la precipitación del partido imperial. Se produjo un acontecimiento insólito como fue la división del patrimonio del emperador en dos mitades, fue el final del liderazgo político del Imperio e hizo imposible una Cristiandad Imperial. Para mayor confusión el nuevo pontífice pretendía procesar a Carlos V y Felipe II por herejía.
Desde Londres, Felipe II contempló todos estos acontecimientos tomando parte activa. Una carta del virrey de Sicilia, Juan de Vega, escrita en 1558 indica que nuevamente se ponía en marcha la idea de asentar la Corte y administrar la Monarquía desde una sede fija. El virrey no ocultaba que esto acarrearía problemas con los súbditos (de ahí que su visión negativa de los sicilianos se haya tomado como un texto xenófobo) así con los propios virreyes, todos ellos miembros de la familia del rey cuya obediencia respondía a vínculos de honor y de confianza que no sufrirían ser simples “corregidores”. Todas las reformas efectuadas entre 1555 y 1563 parecían conducir a una concentración de la autoridad delegada en los virreyes, teniendo en cuenta que el rey nunca ejercería su potestad en los reinos porque no viajaría a ellos. El desarrollo de los consejos territoriales y los visitadores enviados a los territorios permitirían mantener presente al rey ausente. El asentamiento en Madrid en 1561 era una pieza clave de este proceso de segunda construcción del sistema virreinal.
La conclusión del Concilio de Trento a despecho de los deseos del soberano produjo no poca incertidumbre. Había triunfado la Cristiandad del Papa. El rey realizó su primer viaje a los reinos de la Corona de Aragón y durante el mismo se comportó como sus antepasados, reverdeciendo los vínculos con los súbditos como padre y cabeza de familia, enfatizando las virtudes de Fernando el Católico (su modelo a seguir), reafirmando por tanto una tradición propia. Los procesos de reforma de los reinos no peninsulares quedaron paralizados y el soberano adoptó un modelo de vida eminentemente hispano, aun cuando en apariencia era borgoñón. Es preciso señalar que las casas de Borgoña, Castilla y Aragón se hallaban integradas en la Casa del rey, mientras que las casas reales de Navarra, Nápoles, Sicilia y la ducal de Milán residían en los reinos (como más adelante la de Portugal). Un caso aparte lo constituye América cuyos reinos son dependientes de Castilla.
Esta situación nos devuelve al principio. En el libro blanco de Don Carlos la burla tenía un componente político muy claro vinculado en primer lugar a la realidad de su Casa. Felipe II se comportaba como soberano de los españoles ignorando a los súbditos de Borgoña, cuya casa residía con él y por tanto debía atenderles igual. El rey viajaba por la península ibérica pero era reacio a ir a los Países Bajos, donde había un gobierno de regencia (lo cual transmitía provisionalidad). La ruptura del lazo rey súbditos era evidente, aparece en la Apología del príncipe de Orange denunciando que los neerlandeses eran gobernados desde el extranjero por extranjeros. La Casa del Rey no estaba funcionando como su casa o la casa de su padre.
Al mismo tiempo, esto que denominamos la segunda creación del virreinato quedó incompleta. En la corona de Aragón los virreyes no actuaron plenamente “como reyes” por no disponer de la jefatura de la casa real mientras que sí lo fueron los virreyes de Sicilia y Nápoles que presidían Parlamentos y disponían de todas las funciones del soberano. En definitiva, el libro blanco parecía indicar que Felipe II no sólo era un mal soberano para sus súbditos no españoles sino que su proyecto no veía más lejos que los de sus intereses. Al describir los sitios reales por los que la Corte se desplaza por los alrededores de Madrid no se fija tanto en el ocio como en el negocio. La caza real era un componente vital de la cultura política europea, en los viajes de los soberanos son un componente fundamental, Andrés Muñoz cuenta cómo el príncipe Felipe al llegar a Londres participó en una cacería, un acto de socialización imprescindible. Además de marcar el estatus de élite entre quienes componen la sociedad de los cazadores, la caza real funcionó como parte de las visitas, un medio de afirmación de autoridad Regia sobre el país. La caza era, en realidad, la "Corte al aire libre," un teatro para las exhibiciones de la majestad, el entretenimiento de los huéspedes y el otorgamiento del favor en temas particulares. Era el lugar de comunicación donde se hacía “lobbying”, como hacen hoy en día los representantes de los grupos de interés en los lobbies de los centros de convenciones y las sedes políticas.

domingo, 12 de abril de 2015

El arte de escribir el gobierno: instrucciones, consejos y advertimientos para virreyes

Relaciones, memorias e instrucciones constituyeron durante los siglos XVI y XVII una guía de formación y educación política fundamental para la élite gobernante. Desde que comenzaron a publicarse colecciones de instrucciones a virreyes, siendo muy conocidas las compiladas por Lewis Hanke y Lohmann Villena, estos documentos se han analizado sólo como textos normativos. Es decir como mandatos del Estado que debían ejecutar sus funcionarios destacados en las colonias. En realidad, más que órdenes, estos documentos son más bien breviarios políticos. La forma en que se redactaba y compilaba la información muestra una práctica del Imperio fundada sobre técnicas de adquisición y transmisión del conocimiento político que tiene una lectura diferente si se atiende como práctica cortesana. Los virreyes, como indicó Juan de Palafox y Mendoza, pertenecían al selecto grupo de las veinte personas que regían la Monarquía. Así, las instrucciones contenían transmisión de experiencia, expresando continuidad en el mando y, sobre todo, pertenencia a un selecto grupo que estaba en la cúspide del sistema. Los virreyes eran ministros que hacían las veces del rey y gobernaban en su nombre. Así mismo, para comprender el saber transmitido en estos documentos es necesario analizarlos desde una perspectiva más amplia que el marco americano, siendo necesario contrastarlo con los consejos, advertencias e instrucciones recibidas por los virreyes de otras áreas, Sicilia, Nápoles, Valencia o Portugal, por poner algunos ejemplos.
En general, el estudio de los virreinatos adolece de una visión de conjunto. Son escasos los estudios comparativos y más escasos los que hacen una valoración de lo colonial conociendo los modos y las formas de gobierno de lo no colonial, por así decirlo. Una visión de conjunto permite comprender los cambios y las dinámicas internas de una realidad imperial que evoluciona y cambia. En este sentido se echa de menos en la historiografía sobre el modelo virreinal y las formas de gobierno de la Monarquía Hispánica. ¿Que tenían en común los virreyes de unos y otros lugares? ¿Qué de diferente?. Lo mismo podemos decir de los consejos territoriales, las entidades donde se elaboraban, registraban y archivaban las instrucciones ¿qué hacían en común los consejos de Indias, Portugal, Italia, Aragón y Flandes? ¿qué diferente?.
Para una complementar la exposición sugiero algunas lecturas que pueden, a su vez, ilustrarse con algunos documentos que permitirán ampliar el contenido.

Manuel Rivero




Lecturas:







Documentos:







La charla tendrá lugar en el programa del seminario "Escrituras virreinales" (Dirección: Esperanza López Parada. Coordinación, blog y redes sociales: Marta Ortiz Canseco (@mmmortiz). Organización: Evangelina Soltero Sánchez. Grabación de sesiones: Valeria Canelas)
Miércoles 22 de abril de 2015


miércoles, 4 de febrero de 2015

El conde duque de Olivares y los reinos de la Monarquía




En los últimos años se han realizado importantes trabajos de investigación que han puesto en duda la interpretación canónica del siglo XVII como tiempo de crisis (véase el interesante congreso que sobre esta materia prepara el IULCE). En el caso español esto afecta principalmente a la interpretación de la llamada crisis hispánica de 1640 cuyas causas se achacaban a deficiencias económicas, conflictos sociales y, sobre todo, tensiones territoriales debidas a la naturaleza “compuesta” de la Monarquía, donde fuerzas centrífugas (los reinos exigiendo más autonomía) y centrípetas (la Corte aumentando su centralidad) ponían a prueba la resistencia del sistema, que funcionaba cuando estas tensiones se hallaban equilibradas. En líneas muy simples, la figura de Olivares emergía en medio del desastre como responsable de un vano y frustrado proyecto de regeneración, imposible de efectuar dada la amplitud de su visión y las limitaciones de la sociedad española para comprenderlas y acometerlas. Las cargas fiscales exigidas para afrontar la política imperial, por una parte, y la destrucción de la autonomía para someter los territorios a la autoridad central por otra, resumen la idea más o menos común que poseemos de las causas o motivos de la crisis. Era un análisis que desarrollaba la tradición establecida en el siglo XIX por Antonio Cánovas del Castillo y Martin Hume, donde Olivares personificaba el último intento de reactivar un régimen ya caduco presentando un programa de reformas que podría haber salvado a la Monarquía del hundimiento anunciado por el endeudamiento masivo, el colapso de la producción, el estrangulamiento del comercio y el fracaso de la política exterior. Dicho plan estaba recogido en el gran memorial o instrucción secreta de 1624, sobre el que los historiadores del siglo XIX y del XX construyeron el discurso de la crisis. Era fácil fijar el alcance del fracaso siguiendo la lista de propósitos incumplidos: no se allanaron las diferencias sociales, no se reformó la fiscalidad, no se activó la economía y ni siquiera se alcanzó la unidad de España. Hubo de esperarse medio siglo más, cuando en 1700 una nueva dinastía hizo lo que no se hizo entonces. El problema de esta interpretación es que tomaba como hoja de ruta un documento que con toda seguridad es una falsificación hecha en el siglo XVIII (véase nuestro estudio en Libros de la Corte). Discutir su autenticidad no es objeto de esta intervención pero, incluso aceptando que el texto fuera contemporáneo a Felipe IV, existen dudas razonables sobre su autoría (son muchas las atribuciones), intención (no sabemos si es una colección de cartas, un memorial, una instrucción, un simple borrador, un papel recogido en una papelera…), contexto (las fechas posibles son 1621, 1624, 1625, 1626, 1629 e incluso 1635)… ni siquiera sabemos si el informe fue encargado por el rey o bien escrito espontáneamente por un servidor solícito. Por todo ello, resulta difícil responder a las preguntas básicas de ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? E incluso ¿Dónde? Dadas estas características conviene ponerlo en cuarentena y preguntarnos si hubo una hoja de ruta de naturaleza reformista o si ésta se manifiesta en algún momento. Adelanto que en mi opinión el programa de Olivares no fue ni reformista ni regeneracionista, que sus ideas de cambio eran de carácter más limitado y que para comprenderlas es preciso analizar la política iniciada en 1617, aquella que condujo a la guerra de los Treinta Años, que no fue obra del conde-duque sino de su tío DonBaltasar de Zúñiga, cuyos efectos se vio obligado a gestionar. El punto de partida de nuestro análisis nos lo ofrece el encargo hecho a un jurista siciliano para que escribiera un tratado sobre la constancia y una vehemente declaración de intenciones expresada ante el Consejo de Estado y discutida el 27 de diciembre de 1622. Un documento inédito y muy interesante porque el 7 de octubre había fallecido Baltasar de Zúñiga y Don Gaspar de Guzmán estrenaba su privanza.
Los dos temas son importantes y están entrelazados
1)            Juan Bautista Lanario fue contratado para refutar las tesis de fray Juan de Santa María (Tratado de república) proponiéndole redactar un “working paper” que había de ser discutido entre los asesores del privado, es decir, dotar al grupo o facción de un conjunto de ideas que los distinguieran e identificaran con un proyecto diferente al representado por Zúñiga (pero no satisfizo al comitente y se publicó en 1628 en Nápoles bajo el título:Exemplar de la constante paciencia christiana y politica. All'illustriss. y excelentiss. señor Ramiro Felice de Guzman, duque de Medina de las Torres).
2)            Ante el Consejo de Estado Olivares reclamó una mayor sensibilidad a las demandas de los reinos, e incluso afirmó que para tomar decisiones en las provincias había que escuchar a sus naturales y contar con ellos para el gobierno.

No deja de ser llamativo el que en estos años no observemos ninguna medida centralizadora, que se nos hable de proyectos como la “unión de armas” que no se materializan pero que, en cambio, los consejos territoriales sufran interesantes reformas, que a la cabeza de los virreinatos se suceda un alto número de prelados, príncipes de sangre real y nobles naturales de las provincias. Todo lo cual merece interpretarse, pues sobre esto radica el debate existente en la Corte y sobre ello versa el debate del Consejo de Estado. Suele olvidarse que en el Corpus de Sangre el virrey asesinado por la muchedumbre fuera Don Dalmau de Queralt, marqués de Santa Coloma. Los catalanes se levantaron contra catalanes, esto pesó muy fuertemente en el desmoronamiento del sistema del conde duque tal como se refleja en la amarga contestación que en el Aristarco del padre Rioja, bibliotecario del valido, se hizo contra la Católica impugnación de Gaspar Sala cuyo trasfondo trataremos de ilustrar en esta intervención.