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domingo, 16 de febrero de 2014

Macaulay y la guerra de sucesión española


(Retrato de Charles Mordaunt, conde de Peterborough)

Macaulay estuvo particularmente bien dotado para el arte de reseñar. Sus reseñas normalmente excedían la noticia e información sobre novedades bibliográficas yendo más allá del el simple comentario crítico de un libro para, en realidad, utilizar su lectura como excusa con la que desarrollar un ensayo de más o menos enjundia. En enero de 1833, tal vez malhumorado por tener que examinar los ocho volúmenes de la History of the War of the Succesion of Spain de Lord Mahon, apenas publicada un año antes, redactó un conjunto de reflexiones que vienen muy a propósito hoy en día. Macaulay se mostraba poco compasivo con un mamotreto de enojosa lectura, plúmbeo y rico en disquisiciones inútiles. Pero detrás de esa espesa niebla de digresiones se hallaba el relato de un episodio muy importante para la Historia de Europa, sirviéndose de la enorme cantidad de datos aportados por el aristocrático historiador para distinguir las líneas maestras que en el futuro servirían para estudiar y comprender dicho conflicto. Para empezar porque tenía dos facetas claramente distinguibles: "Yet, to judicious readers of history, the Spanish conflict is perhaps more interesting than the campaigns of Marlborough and Eugene. The fate of the Milanese and of the Low Countries was decided by military skill. The fate of Spain was decided by the peculiarities of the national character".
Visto así, podemos pensar que el historiador británico remitía a dos relatos en uno, la guerra civil española inscrita en el conflicto internacional. Pero no es el caso. Recuerda que la guerra no estalló en 1700, nada más conocerse el testamento de Carlos II. Las hostilidades fueron declaradas al mismo tiempo en Londres, Viena y La Haya, estando Felipe V en Nápoles y habiendo sido jurado rey por sus súbditos españoles. La situación que dejó atrás para asegurarse la fidelidad de sus súbditos italianos fue de desgobierno, dejando una situación tan precaria que facilitó la rebelión contra su autoridad. El príncipe de Hesse-Darmstadt, último virrey de Cataluña bajo Carlos II, figura como principal responsable de la adhesión al archiduque de minorías muy activas en Cataluña y Valencia. Cesado por Felipe V no se resignó a abandanar el principado y regresó a la cabeza de las tropas austríacas. Falleció en 1705, durante el sitio de Barcelona, sin haber logrado tener éxito para convencer a sus antiguos gobernados de las bondades de Carlos III de Habsburgo, solo logró reclutar a 5000 campesinos que tuvieron un papel irrelevante en el campo de batalla. Macaulay ve los acontecimientos a través de los ojos de los comandantes ingleses. Para él, sin duda alguna, el mejor de todos los dirigentes políticos y militares de entonces fue Charles Mordaunt, conde de Peterborough, a través de cuyo relato compone la situación de los austracistas en los primeros años de la guerra. Para este general la toma de Barcelona fue una distracción que hizo perder la guerra al archiduque. Desde un punto de vista militar la campaña debía haberse desarrollado en línea recta desde Valencia a Madrid, el camino era corto, estaba desguarnecido y la Corte de Madrid desconcertada. Costó sangre y esfuerzo tomar una ciudad que resistió con firmeza. Macaulay observa con atención que en las discusiones entre los mandos ingleses, holandeses y austríacos no se tenía en cuenta a los españoles, cuyo número y capacidad fue siempre insignificante. Solo después de conquistar Barcelona las autoridades catalanas aceptaron la causa austracista y fue un hecho consumado por la toma violenta de la capital, forzando a sus dirigentes a una actitud colaboricionista. Fue la capacidad de persuasión del conde la que hizo que la resistencia en la Corona de Aragon se transformase en cooperación, lo cual podría haberse extendido a Castilla de haber continuado al mando. La acomodación de los territorios orientales a los nuevos amos, reticente al principio y obsequiosa al final, fue el resultado de la paciente labor de Peterborough, quien para su desgracia no se hallaba entre los confidentes del archiduque. A juicio de Macaulay cuando el conde fue reemplazado por Galway se perdió la guerra. Aún más, si en vez del genio militar de Marlborough hubiera prevalecido el ingenio negociador de Peterborough, los Borbones hubieran perdido la corona española. En definitiva, la guerra civil fue inducida por las potencias enfrentadas por el reparto de la Monarquía española y no tuvo ninguna naturaleza espontánea, endógena.

Manuel Rivero

[Thomas Babington, Lord Macaulay, Critical and Historical Essays contributed to the Edinburgh Review, 5th ed. in 3 vols. (London: Longman, Brown, Green, and Longmans, 1848). Vol. 2]

jueves, 10 de octubre de 2013

DOBLES LEALTADES

24-25 octubre 2013: VII Seminario Internacional IULCELa doble lealtad: entre el servicio al rey y la obligación a la iglesia. Coord. José Martínez Millán, Manuel Rivero Rodriguez y José Guillen Berrendero.
Lugar de celebración: Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid.

Tradicionalmente se ha interpretado la Historia Moderna desde un perspectiva secular, lo cual ha dado lugar a numerosas incongruencias. MacIntyre indicó en un libro ya clásico que la lectura secularizada del mundo es una convención alejada de los contextos, poco útil para interpretar los hechos y los acontecimientos del pasado. La racionalidad con la que se explica de manera científica el pasado, atendiendo a la economía o a las clases sociales, aborda los problemas como si se desarrollaran en nuestra contemporaneidad o, lo que es peor, dando por hecho que existe un conjunto de categorías que son inmutables, en el tiempo y en el espacio, que se dan por descontadas y en las que no intervienen otras cuestiones que, en apariencia, son secundarias. Para la historiografía occidental es un hecho que la modernidad significa que los hombres empezaron a pensar y a comportarse como hoy lo hacemos, en un ambiente social, político y económico secularizado, regido por decisiones racionales, donde los actores toman sus decisiones siguiendo pautas de comportamiento claras: beneficio, patriotismo y sentimiento de comunidad. En este sentido quien actúa en política, un ministro, un gobernador, un soberano o un funcionario actúan de ese modo, da lo mismo que sea en 1945 o en 1711. Esta lectura del pasado choca con obstáculos insalvables que, pese a las contradicciones, no pueden pasarse por alto, como es el de los eclesiásticos con atribuciones de hombres de estado. Pensemos en los cardenales Cisneros, Wolsey, Richelieu, Mazarino, Klesl, Alberoni... cuya actividad ha sido descrita en términos nacionales soslayando el hecho de ser hombres de Iglesia, un asunto tomado como algo casi anecdótico en la mayor parte de los casos donde, como en los casos de Richelieu y Mazarino, resplandece la construcción de una idea de Francia sobre la que pudo construirse el siglo de Luis XIV. Su espiritualidad, sus creencias o sus devociones parecen un adorno superficial, sin embargo determinaron u orientaron sus decisiones. La dificultad para interpretar la política de Estado de las monarquías modernas ya fue advertida por Martin Philippson a finales del siglo XIX quien hizo una distinción clara entre la Europa católica y la protestante en relación a este hecho. A su juicio, los países que participaron en la Reforma caminaron naturalmente hacia la secularización y la construcción del Estado Moderno por haber distinguido dos esferas de forma muy clara, la política y la religiosa. Independientes entre sí. Un ministro o funcionario católico, eclesiástico o no, debía obediencia al rey y fidelidad al Papa. Esta doble fidelidad no era fácilmente conciliable y solía producirse un conflicto de intereses, así como una laxa interpretación de los términos en que los individuos guardaban lealtad hacia una u otra autoridad. John Lynch recuperó en un interesante artículo la idea expresada por Martin Philippson llevándola un poco más lejos. Este problema de la doble lealtad impulsó a los soberanos católicos a intervenir en la Curia romana, ejerciendo una tutela vigilante. Las injerencias de Felipe II en el desarrollo del Concilio de Trento y las condiciones impuestas a la aplicación de sus decretos así parecían demostrarlo. No obstante, en dicha interpretación quedaban cabos sueltos y partía de unas premisas propias de la perspectiva secular empleada por ambos historiadores. Tomar como punto de partida la "doble lealtad" es la mejor manera de preguntarse sobre la naturaleza de las injerencias entre el plano secular y el espiritual. La doble naturaleza de primeros ministros que son cardenales y aspiraron a ser Papas, como fueron los cardenales Gattinara y Mazarino, fuerza la reflexión sobre esta materia.
Gattinara, a quien he estudiado, aspiraba a una tercera vía en la Cristiandad que reuniera a católicos y protestantes, viendo la acción del papado inherente a la propia acción imperial. Mazarino, un cardenal romano que utilizó sus buenas relaciones en la Corte francesa para asegurarse una impresionante carrera en la Curia nunca dejó de tener presente a Roma en sus decisiones. De hecho, sus exequias romanas dibujaron precisamente el perfil público de su doble naturaleza que no era ni incoherente ni contradictoria.


Por otra parte, este hecho de la “doble lealtad” también afectó al mundo protestante. La interpretación de Philippson nos puede parecer interesante pero Hobbes dedicó algunos capítulos al reino de la hadas en Leviathan indicando los males derivados de la no separación de lo secular y lo espiritual en la acción de gobierno. El conflicto entre creencia y obediencia, entre la autoridad y la fe también emerge no sólo en las leyes que proscriben el catolicismo sino en los mismos conflictos internos de las sociedades protestantes cuyos debates conducen a extremos de violencia ya conocidos, la disputa entre gomaristas y arminianos o los puritanos en relación a la Iglesia de Inglaterra.
Por último, la elección de este tema sirve para examinar el papel de la Corte, para observar la secularización de Europa en episodios y espacios que manifiestan una distancia muy considerable entre el siglo XVIII y el XVI. Si hacia 1560 la identidad de los europeos era esctrictamente confesional y el conflicto característico era la guerra de religión, doscientos años después la religión apenas tendrá peso, los europeos se matarán entre sí en guerras de sucesión. Puede parecer que lealtad y creencia serán en ese momento dos cosas separadas, dos cosas distintas.

Manuel Rivero

viernes, 15 de marzo de 2013

HISTORIADORES


Ante el deterioro de la educación, el colapso de las instituciones públicas, la decadencia cultural y la interminable recesión económica que sufrimos parece que no hay lugar para las Humanidades. En el estado actual, en la postración en que nos encontramos, los historiadores permanecen mudos. No es su momento ni parece que lo sea para la Historia. Quizá se piense que esto ocurre porque es un saber encuadrado en el ámbito de las Humanidades, es decir, está situado entre los "seberes inútiles", los que no sirven para encontrar un trabajo bien remunerado, tampoco lpara crear empleo y riqueza, ni dan dividendos ni beneficios económicos, ni siquiera curan las enfermedades. Si esto se piensa en general, pues nadie piensa que deba escucharse a un historiador, son los propios historiadores los que parecen asumir el carácter inútil de su oficio. Esto se percibe en la forma en que historiadores profesionales han diseñado la enseñanza de su ciencia. Los planes de estudios recientemente aprobados en muchas universidades españolas, muy particularmente en la Autónoma de Madrid, toman nota de esta íntima convicción y confeccionan planes de Historia que no parecen de Historia. Se trata de vender la mercancía de contrabando, los itinerarios no son cronológicos y se articulan bajo la especie de formar especialistas en "Historia y...", dando más fuerza a "y...". Supongo que de esta manera los graduados (o "egresados" como le gusta decir a los burócratas) no pasarán la vergüenza de acreditarse en una titulación desprestigiada sino en cosas más pomposas y de mayor fuste: "Mundo Atlántico", "Sociedades Mediterráneas", "Relaciones de Género", "Estudios latinoamericanos" y cosas parecidas. Resulta sorprendente comprobar que en un pasado no muy lejano, en circunstancias mas adversas que las nuestras, los historiadores eran capaces de seguir adelante con su trabajo sin desanimarse frente a una tétrica realidad circundante, convencidos de que su tarea era importante, imprescindible.





Los historiadores que vivieron en la primera mitad del siglo XX soportaron circunstancias durísimas de guerra y persecución. Sin medios, aislados, perdidas sus bibliotecas, sus cuadernos de notas y sus apuntes, pusieron todo su empeño en cumplir su cometido de investigación y docencia. Fiándose tan solo de su memoria y de los recuerdos de sus lecturas Bloch, Braudel, Febvre y tantos otros perseguidos, encarcelados  o humillados fueron capaces de reflexionar sobre la Historia, dándole un significado positivo, tanto como para combatir por ella y arriesgar su integridad e incluso su vida. Febvre recuerda su disgusto porque un historiador positivista se veía precisado en 1942 a defender la Historia; a su juicio la necesidad y la importancia de la Historia no precisaban defensa alguna, más bien había que combatir con convicción por algo indiscutible. Al mismo tiempo, Marc Bloch, escondido y perseguido, aún tuvo tiempo, en su actividad de resistencia al ocupante, de dedicarse a reflexionar y responder por escrito a dos preguntas nacidas al calor del desastre de 1940 ¿Para que sirve la Historia? pronunciada por un niño y «la Historia es mentira» expresada por un oficial de Estado Mayor confinado con él en una aldea bretona. La respuesta fue un hermoso libro que siempre aconsejo leer. En todos los casos la desazón nacía del hecho de que quienes formulaban tales cuestiones contemplaban la historia como algo inseparable a la nación correspondiéndole un papel semejante al de la teología en las religiones. Pura ideología, subjetiva, maleable y manipulable, reductible al lógico excepticismo de la pregunta de un escolar ¿como va a ser la Historia una ciencia si hay historiadores que escriben que Cataluña tiene mil años y otros que es un invento con menos de cien años?. Es esta Historia que sirve a la formación de identidades, ligada a lo memorable y a la identificación de valores del pasado con los del presente la que está fuera de juego. Pero ya lo estaba cuendo escribieron Bloch, Braudel, Febvre, Huizinga, Yates y tantos otros historiadores europeos del siglo pasado. Respondían o querían responder a dichas no como teólogos sino como historiadores que veían en el pasado las respuestas a muchas preguntas del presente, como científicos sociales. La Historia es un laboratorio de Ciencias Sociales, es el banco de pruebas, el material de experimentación con el que se pueden obtener datos y resultados empíricos. Su estudio no puede orientarse desde una agencia de colocación, tampoco como seminario para formar sacerdotes de la nación o de una clase social o de un género, ha de plantearse desde el saber. Un saber cuya presencia es indiscutible en el ámbito de todas las sociedades humanas, un saber inherente a toda civilización y que desde la Antigüedad forma parte de unas actividades cuya función va más allá de la utilidad mecánica, discutir su existencia tiene tanto sentido como discutir la poesía, el arte, la música... ¿existe alguna sociedad avanzada sin Historia e historiadores?

M. Rivero

domingo, 10 de febrero de 2013

An ordinary life


Cristina Bezanilla presenta “An ordinary life” en el Palacio de Santa Bárbara de Madrid el 14 de febrero de 2013

Foto de Cristina Bezanilla, fotógrafa de Avivir, presenta “An ordinary life” en el Palacio de Santa Bárbara de Madrid el 14 de febrero
La fotógrafa y artista visual Cristina Bezanilla y la diseñadora gráfica María Luisa Rivero, han puesto en marcha un interesante proyecto cultural. El 14 de febrero, coincidiendo con la feria de arte contemporáneo ARCO y San Valentín, van a celebrar un happening artístico. Es una mezcla entre fiesta, exposición y alguna sorpresa extra más. El aforo es limitado y las entradas pueden adquirirse en
http://anordinarylife.es/?p=54

sábado, 15 de diciembre de 2012

El Norbert Elías de Jack Goody


Norbert Elias ha sido uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, en Amsterdam existe una fundación que lleva su nombre, un centro del EHESS de París también lo lleva, así como diversas cátedras y seminarios de estudios en diversos centros de investigación y universidades. Sin duda se trata de uno de los pensadores más originales e influyentes en campos muy amplios de las ciencias sociales como antropología, sociología e historia, sin ir más lejos. Jack Goody, quien también reúne esas tres facetas y cuya labor investigadora se ha centrado en desmontar los tópicos eurocentristas dominantes, negando incluso la singularidad del "milagro europeo", aborda en su libro The theft of History (El robo de la Historia) la crítica a tres perspectivas académicas por desarrollar premisas analíticas pretendidamente universales pero lastradas de fuertes prejuicios culturales. Las tres corresponden, así mismo, a tres prominentes figuras de las ciencias sociales, Joseph Needham, Norbert Elías y Fernand Braudel.

En el primer caso se preocupa de la comparación entre los avances científicos chinos con los europeos. Siguiendo la estela de Needham cuestiona los logros del Renacimiento y la revolución científica pues su singularidad empalidece al compararlo con el desarrollo de Oriente. Es el primer “robo”, la memoria histórica global camina según el paso marcado por Occidente, son sus logros los únicos que cuentan, los otros se ignoran. Los otros dos “robos” que completan su análisis son la civilización de Elias y la globalización capitalista de Braudel. Este último, admirado por el autor, será objeto de una amable corrección y algún que otro tirón de orejas por sus tics eurocéntricos, si bien su saldo es positivo por sus aportaciones metodológicas. Caso bien distinto es el que representa Elias.
Goody considera que el empleo del término civilización tiene un componente etnocéntrico claro e indisimulado, su empleo denota una concepción del mundo muy diáfana pues comparte el espacio epistemológico de Huntington. Esto, lejos de ser un elogio es un dardo dirigido al centro mismo del sistema eliasiano pues debe traducirse como ejemplo de historiadores blancos occidentales masculinos y conservadores. Es decir, insensibles al otro, a la diversidad, al género y a las minorías.
No está mal como comienzo. El proceso de civilización, la obra capital de Norbert Elias queda así emplazada como un producto eurocéntrico que sólo sirve para exlicar Occidente siendo, por tanto, inválido como método. Goody incurre aquí en un vicio occidental, la consideración de que todo sistema debe ser universal, aplicable a todos los casos y circunstancias, lo cual manifiesta una concepción de las ciencias sociales muy ingenua y limitada. Evidentemente el sistema eliasiano no es aplicable al Japón Heian ni a la China Ming. 
Jack Goody

Pero si esto es inevitable, pues a ningún europeo no se le puede exigir que adopte patrones culturales que desconoce (es difícil ser chinocéntrico sin ser chino), Goody se escandaliza porque para Elias la única civilización de referencia es la occidental y además ésta difiere bastante de la idea común que poseemos, pues sitúa su origen después del feudalismo. Contra todo pronóstico todo lo que antecede al Renacimiento y el Humanismo es barbarie (según lo interpreta Goody).
Goody considera que esta doctrina está superada y que responde a un estadio arcaico de las ciencias sociales por lo que no deja de causarle asombro el enorme prestigio de El proceso de civilización en Francia, Alemania, Países Bajos e incluso Gran Bretaña donde la revista Figurations mantiene viva la llama al publcar trabajos que siguen o desarrollan la metodología eliasiana.
Desgranado el sistema de civilización enunciado, comienza con los presupuestos intelectuales de partida, Kant y su distinción entre lo civilizado y lo bárbaro, desde ahí va recorriendo una larga tradición intelectual alemana que separa civilización y cultura, la primera requiere un grado de sofisticación que conduce hacia la autoconciencia colectiva mientras que la segunda carece de ella.  La sociogénesis, donde Occidente se autodefine y adquiere identidad como colectividad. Pero lo más novedoso de Elias fue la introducción del psicoanálisis en la metodología de las ciencias sociales. La psicogénesis es la internalización de mecanismos de autocontrol en los individuos, esa internalización es civilizar, es decir, la civilización es el resultado del empleo de mecanismos que anulan la espontaneidad, es la erradicación del instinto su control o encauzamiento por medio del desarrollo de sentimientos de culpa, vergüenza, censura etc. Es el equivalente a la freudiana represión de la libido, lo cita literalmente al hablar del “inevitable antagonismo entre lo que demanda el instinto y las restricciones de la civilización” (El futuro de una ilusión). Goody denuncia estos componentes psicoanalíticos que Elias no siempre hace explícitos. Si bien en lo relativo al autocontrol no faltan referentes al psicoanálisis para fundamentar la psicogénesis, no podemos dejar de sonreir al leer que Elias no cita la fuerte influencia freudiana de su discurso cuando analiza las estructuras familiares de la sociedad del Antiguo Régimen y la identificación entre monarca y padre de familia. La figura paterna, tan importante en el universo freudiano, la idealización de un ser superior, protector y nutriente pero del que es preciso rebelarse para alcanzar la autorealización. En definitiva, el proceso de civilización no sería nada más que un traslado del enunciado psicológico al sociohistórico, un paralelo entre el desarrollo del individuo y el de la sociedad basado en tres elementos: 1) restricción y represión, 2) control y gestión del instinto y 3) el papel de la autoridad (identificación de la figura paterna con el soberano absoluto).
Ciertamente, si el psicoanálisis es una técnica que solo vale para el hombre occidental por lo que la psicogénesis es solo aplicable a Occidente. Además, el psicoanálisis ni es un método exacto ni universalmente válido y a Goody parece molestarle que historiadores franceses, británicos, holandeses y alemanes se interesen por semejante método.
Bien, la crítica de Goody es demasiado acre. En el caso de Elias su valoración es muy distinta a la de otros “robos” y otros autores objeto de análisis, como Needham o Braudel. Aquí está muy lejos de manifestar una mínima empatía y algo nos dice que detrás de la crítica al método hay una crítica a la persona, algo que va más allá de lo estrictamente científico. Una nota desvela el misterio. En los años sesenta del siglo XX ambos coincidieron en Ghana y trabajaron en la universidad de aquel país, a Goody le escandalizó el desinterés de Elias por los africanos, su poca empatía con el medio y su indisimulada impaciencia por salir de allí cuanto antes. Nos podemos imaginar al antropólogo inglés realizando pacientemente sus trabajos de campo, con las incomodidades de un medio precario, tratando de incorporarse a la rutina cotidiana de los grupos humanos que investigaba, sus esfuerzos para integrarse despojándose de sus prejuicios eurocéntricos. Podemos imaginarlo comiendo y bebiendo alimentos para los que su paladar no estaba acostumbrado, viviendo con las molestias de los insectos y las inclemencias del tiempo, en condiciones que exigían un duro sacrificio. Mientras hacía este sacrificio y se comportaba como un científico social disciplinado y exigente observaba irritado como Elias llamaba “trabajo de campo” a algo que estaba en las antípodas de su cosmovisión. Elias viajaba haciendo turismo por el país en un todoterreno con chófer y cocinero, residía en buenos hoteles, visitaba el país pero para disfrutarlo, desdeñaba sacrificarse y todo lo que necesitaba saber lo obtenía conversando con sus alumnos, su chófer, su cocinero o los empleados de los hoteles. Cuando por fin obtuvo un mejor empleo académico se fue sin mirar atrás y sin disimular que lo que le preocupaba era sólo la sociogénesis y la psicogénesis de la civilización occidental. Quizá ignorando que dejaba atrás a un ceñudo e irritado Jack Goody. 

Manuel Rivero

Norbert Elias




miércoles, 3 de octubre de 2012

Cursos universitarios gratuitos on line



En un interesante artículo de Luis Garicano, “ Coursera y la enseñanza en línea: ¿Llegan las economías de escala a la Universidad?” publicado el 20 de septiembre de 2012 en el blog Nada es gratis se celebraba la creación de COURSERA como un gran avance para la enseñanza on-line y advertía, con entusiasmo contenido y al mismo tiempo con preocupación, la apertura de una nueva era en la enseñanza superior. El artículo y las discusiones que le siguen constituyen una lectura muy recomendable para todos los interesados en la enseñanza universitaria on-line  y sirve para tomar conciencia de  las dimensiones  que está tomando este mundo en el que cualquiera puede acceder a un curso en las primeras universidades del ranking y obtener un certificado. Cientos de miles de personas pueden situarse desde sus hogares en la frontera del conocimiento.  Al mismo tiempo, se indica, el resto de las universidades quedarán progresivamente peor situadas convirtiéndose en una especie de contorno de las grandes. Al mismo tiempo, la presencia de los grandes popes con sus cursos en You Tube constituirán un cierto tipo de celebrities académicas que marcarán las tendencias científicas desde un escenario privilegiado y masivo. Cursos de más de 40.000 alumnos residentes en los cinco continentes.  
La iniciativa desarrollada por las grandes universidades norteamericanas, Duke, Johns Hopkins, Stanford, Columbia, Princeton y un largo listado de otras universidades entre las que se encuentran Londres, Jerusalén o Lausana, ofrece una interesante carta de cursos. No obstante, la iniciativa ni es singular ni es nueva, lo nuevo es que pueden obtenerse certificaciones lo cual hasta ahora era bastante insólito. En un breve repaso de las ofertas de cursos universitarios hallamos otras semejantes con menos variedad pero que siguen este modelo:  cursos gratuitos que se imparten en unas fechas determinadas en las que los alumnos desarrollan su aprendizaje y van superando el cursos mediante ejercicios y evaluaciones. Tal es el caso de EDX una plataforma creada por Berkeley, Harvard y MIT o la interesante oferta de UDACITY sin vínculos institucionales con universidades pero creado por profesores universitarios que ofertan cursos en una suerte de universidad virtual gratuita
Fuera de este esquema están  mis favoritos, dos plataformas diferentes pero parecidas creadas por Yale y MIT (impulsor de la plataforma OCW) que cuelgan sus cursos on line sin necesidad de matricularse o registrarse, sin la obligación de cursarlo en unas fechas marcadas en el calendario, están pensados para quienes quieren disfrutar de aprender “gratis et amore” constituyendo una ventana desde la que observar el modelo educativo que se ha convertido en referencia mundial y al que aspiramos alcanzar por medio del plan Bolonia. La experiencia es sorprendente, para quien no haya asistido a cursos en el ámbito anglosajón, pues el sistema se parece más a lo que dejamos atrás que al modelo que se pretende alcanzar de la mano de los pedagogos modernos. En todos los cursos a los que podemos asistir en Harvard, Stanford, Princeton, Yale o MIT tenemos una conciencia clara de hallarnos en la frontera del conocimiento, de hallarnos en un lugar donde además de transmitirse el saber se crea. Esto ocurre muy excepcionalmente en nuestro país, pocos recordamos cursos o clases en los que nos halláramos en dicha frontera y el nuevo sistema, obsesionado por las formas y despreciando los contenidos, parece diseñado como un sistema de enseñanzas básicas. Las universidades españolas parece que inician esta vía, la Universidad Autónoma de Madrid anuncia su próxima apertura,  la UNED ya dispone de una plataforma OCW y otras más (véase OCW Universia). Quizá sea bueno echar un vistazo a todas estas ofertas para repensar la educación universitaria en un sentido amplio.
Manuel Rivero

viernes, 16 de marzo de 2012

Master oficial de estudios sobre la Corte

La universidad Rey Juan Carlos de Madrid anuncia en su oferta docente para el curso 2012/2013 el master

La Corte en Europa: La Configuración del Modelo Político-Cultural Europeo (Siglos XIII-XIX)

Es un master oficial que faculta el desarrollo de una actividad profesional y científica basada en una perspectiva interdisciplinar, desde los estudios de Literatura, Arte, Historia (medieval, moderna y contemporánea), Política, Música etc... La iniciativa parte de un grupo de profesores e investigadores de la URJC miembros del Instituto Universitario en Europa que han desarrollado un programa muy coherente en el que participará un nutrido grupo de profesores e investigadores españoles y extranjeros que van a dar a los estudios de la Corte en España y Europa un impulso extraordinario, razón por la que, desde aquí, saludamos su iniciativa y reproducimos a continuación la presentación que acompaña a esta interesante oferta de postgrado:
"La historiografía española y europea, en general, sobre el poder real y otros poderes conexos al monarca como la Corte, Casa Real, Consejos (y “administración”, en general) durante la Edad Moderna no resulta muy satisfactoria y ello, no tanto por la mayor o menor producción de trabajos, cuanto por los planteamientos metodológicos desde los que se han realizado. Las estructuras políticas de las Monarquías de la Edad Moderna se desarrollaron a partir de lazos personales como correspondía a una organización política evolucionada del feudalismo. No obstante, tales lazos, precisamente por ser personales -además de resultar muy limitados para controlar una sociedad cada vez más numerosa y diversificada- se extinguían con el tiempo, por lo que las nuevas Monarquías tendieron a ejercer su poder a través de instituciones, que perduran en el tiempo y cuyo desarrollo no se contradice ni resulta incompatible con la existencia de relaciones personales (clientelismo). Las instituciones cumplieron dos objetivos básicos del Estado Moderno: por una parte, contribuyeron de manera esencial a establecer la paz social, mediante la exigencia del cumplimiento de las leyes, que de ellas emanaban; por otra parte, las instituciones no solo mantuvieron la situación de privilegio de quienes las hicieron o se sintieron integrados en ellas, sino que además permitieron que dichos grupos sociales trasmitieran su status en herencia sin peligro de perderlo. Y en este orden, la corte se convirtió en el auténtico centro de poder hasta el siglo XIX".