martes, 13 de marzo de 2012

Medidas de calidad, el nuevo impulso de la revista "Libros de la Corte"

Editar una revista como Libros de la Corte plantea retos y objetivos complejos. En un principio quisimos hacer una revista de opinión científica informada, es decir, continuar un blog de opinión e información de libros en un formato más amplio, pero sin salir del ámbito de una publicación modesta. Sin embargo, transcurridos dos años, era preciso ir algo más lejos. No es fácil mantener una publicación si ésta no puede remunerar a sus autores con incentivos académicos, figurando sus contribuciones en los estándares de reconocimiento curricular. Como órgano de expresión del Instituto Universitario La Corte en Europa, centro de investigación y docencia de calidad de la Universidad Autónoma de Madrid, se imponía adecuarla a los estándares científicos. De ahí el cambio que puede apreciarse en nuestro número 4, que va a ser ya nuestro formato para el futuro. Las normas de edición son muy estrictas, no solo en lo relativo a edición y presentación, sino también en la selección de los contenidos, imponiéndose la revisión por pares que se aplicará sistemáticamente a partir de ahora.

Es evidente que un complejo sistema de garantías como el exigido resta frescura y dinamismo a las publicaciones científicas y esto creo que merece una reflexión. El modelo de difusión del conocimiento en Humanidades ha dado un giro copernicano en la última década. Como es sabido, en los últimos años se ha adoptado, como norma universal de medida de calidad, el modelo de difusión y verificación del conocimiento propio de las ciencias naturales y físicas. En ese ámbito, las revistas son el medio fundamental de comunicación y difusión científica, algo que ha sido ajeno a las Humanidades donde son los libros y no los artículos los que constituyen los pilares del conocimiento. En las ciencias experimentales y/o naturales el saber es volátil, dinámico y con una caducidad elevada. Se construye sobre conocimientos que se reemplazan continuamente y se avanza renovando e innovando sin descanso. Así mismo, esta velocidad de recambio requiere unos procesos de verificación muy exigentes, pues los resultados son de aplicación inmediata, de ahí que preocupe la deontología científica (en las medidas, en la verificación de los experimentos ) y la inclusión de dichos datos en series más amplias que se incorporan a multitud de procesos de investigación y experimentación. Hay poco lugar para la fantasía, la especulación o la reflexión teórica, solo hay calidad si esta se puede medir y sancionar para su uso. Paradójicamente, estas normas, que garantizan el rigor, autorizan los datos e informaciones publicados (aunque no ha impedido fraudes), también encorsetan y limitan los objetivos de los investigadores, que trabajan autolimitándose, evitando todo riesgo de error o cuestionamiento. Así mismo, el modelo de verificación se asemeja cada vez más a los controles de calidad de la industria, los prioductos necesitan un marchamo o label de agencias de calidad que garantizan algo que al consumidor le es imposible verificar. Al mismo tiempo, los controles de calidad se convierten en un fin en sí mismo, todo equipo de investigación estará más preocupado de cumplir los requisitos exigidos para publicar artículos en las revistas más exigentes en sus controles que por desarrollar una investigación libre y con riesgo. Publicar en dichos medios es necesario porque son la garantía para obtener financiación pública y privada, para mantener los equipos de investigación. A mayor número de publicaciones en medios situados en índices de calidad mayor garantía para que los inversores sepan que gastan correctamente sus fondos. Así, las estrategias de los investigadores pasan más por la confección de sus curricula que por el debate científico.

Es pertinente preguntarnos si este modelo es deseable en Humanidades. Modestamente creo que no. Creo que el conocimiento humanístico no es volátil, no depende tanto de la innovación como de la solidez, no se funda en la renovación constante cuanto en la profundización y consolidación. La erudición sigue siendo un valor apreciado y un libro siempre tendrá un valor mucho más fuerte que un artículo. Nuestra revista, aunque sea una paradoja, pretende dar valor a los libros y trata de recuperar la idea original con que se crearon las revistas de Humanidades, informar y poner al día sobre el estado de la cuestión, sobre los libros que se publican y que creemos que se deben leer. Todos recordamos libros memorables y decisivos pero muy pocos historiadores pueden consignar artículos cuyo impacto fuera superior al de los libros, en todo caso, los artículos fueron un medio para lanzar hipótesis, adelantar investigaciones en curso o reflexionar sobre temas marginales de una investigación de amplio calado cuyo referente era un libro construido o en construcción. Así mismo, el modelo de las publicaciones científicas en Humanidades de prestigio nunca se ha regido por los parámetros de medida objetiva que se pretenden imponer desde las ciencias naturales. El prestigio nunca se ha asociado a la cumplimentación de un formulario de excelencia. Las revistas de Humanidades han sido siempre espacios de debate y voz de corrientes, metodologías e ideas en continua discusión. Han adquirido prestigio como foros de debate siendo, muchas veces, combativas, parafraseando a Lucien Fevbre. Cuando leemos las memorias y los recuerdos de los fundadores de Annales o Past & Present nos damos cuenta de que las reglas ISO o los criterios Latindex estaban muy lejos de sus preocupaciones y que la dimensión burocrática que está tomando hoy en día la actividad académica les hubiera sorprendido desagradablemente. En Humanidades, al menos, parece que todas aquellas revistas creadas hace décadas, con un impulso renovador y dinámico, se han fosilizado y sus consejos de redacción se han convertido en simples administradores de cómputos de calidad, carentes de toda capacidad de intervención por creerse que toda acción subjetiva es intrínsecamente mala. Las revistas no tienen voluntad, ni criterios propios, ni defienden una corriente o una metodología concreta, solo son gestoras de la difusión de datos correctos ¿Dónde quedan las polémicas que han sido siempre tan importantes en el desarrollo de las Humanidades? ¿Dónde la discusión?. Ciertamente, las nuevas tecnologías nos permiten adaptarnos a este modelo, basta con asociar a las revistas blogs y foros de debate que quedarán dentro y fuera de la revista, creo sinceramente que este es el medio por el que las revistas de Humanidades podrán conciliar dos aspectos aparentemente desunidos, la verificación y etiquetado de artículos como productos certificados, con sello de calidad acreditada, y el debate y la discusión que siempre han sido y son el alma y esencia de nuestra labor.

Debo concluir señalando que ésta decisión no es un ejercicio cínico. Es necesario encontrar un punto de encuentro porque, por muy desagradable que resulte la burocratización de la publicación de resultados científicos, por mucho que nos disguste un sistema que propicia una investigación poco ambiciosa y conservadora, también debemos reconocer su necesidad por causas extracientíficas, como se vio en el debate que en España propició la creación de la ANECA o las discusiones que tienen lugar en el ámbito italiano (puestas de manifiesto en un incisivo artículo del profesor Giuseppe Galasso en Corriere della Sera). La increíble corrupción que campó por sus respetos en las décadas de 1980 y 1990 obligó a que se reflexionara sobre un modelo que reclutaba docentes e investigadores con muy poca cualificación. Parentesco, clientelismo y cosas peores estaban a la orden del día , transformándose los tribunales en unos extraños fenómenos donde los méritos de los concursantes estaban sujetos a valoración arbitraria. La comunidad científica, era (y en gran parte sigue siéndolo) un reducto del Antiguo Régimen, parafraseando a Jose Carlos Bermejo, regido por la maquinación y el privilegio. Estos controles rigurosos, aunque no deseables, son necesarios para acreditar precisamente que lo que se publica cubre exigencias muy claras, sirven para una mayor transparencia y obstaculizan (aunque no impiden) la corrupción.

Manuel Rivero