sábado, 21 de junio de 2014

Sobre la tolerancia en el Imperio Otomano

Mehmed IV  (1648-1687)

"El Islam había establecido un protocolo de tolerancia en una época en la que las sociedades cristianas no toleraban nada". Amin Maalouf recordaba esto en Identidades asesinas para salir al paso de quienes censuran la intolerancia del integrismo islámico, asociándolo al Islam, mientras que vinculan cristianismo con democracia. Hace bien al recordar que en la Europa Moderna corría la sangre causada por las disputas religiosas mientras que en la otra orilla del Mediterráneo convivían musulmanes, judíos y cristianos de todo tipo y condición. Maalouf nacido en el seno de la comunidad melquita puede describir ese horizonte de tolerancia porque en Líbano gracias a eso conviven confesiones y comunidades muy diversas, maronitas, uniatas, chiíes, sunníes, drusos, etc... y por lo general coincide con una visión del pasado modelo imperial musulman sustentado en el principio de la coexistencia de las tres culturas tan querido por Américo Castro. Quizá, como sugiere Toulmin, modernidad e intolerancia son dos caras de una misma moneda, quizá sea ese el precio del progreso. Cuando Maalouf describe la situación actual en el mundo árabe e islámico, manifiesta su consternación "ese mundo musulmán que ha estado durante siglos en la vanguardia de la tolerancia se halla hoy rezagado". Pero... ¿qué entendemos por tolerancia?
Es innegable e indudable que la persistencia del mosaico étnico y religioso de Oriente Medio es el legado más importante (y conflictivo) que ha dejado la autoridad otomana. Pero es necesario comprender cómo aquel mosaico armónico se transformó en un espacio tan conflictivo que, a día de hoy parece irresoluble. No olvidemos que el derrumbe de las grandes formaciones imperiales y multiétnicas existentes a principios del siglo XX son la causa de la mayoría de los conflictos que hoy siguen acaparando la atención internacional, los Balcanes, Ucrania o Siria, sin ir más lejos. Quizá la mejor forma de entender esta madeja tan comlicada es contemplar un segmento del pasado, observar cómo funcionaba el sistema en un momento tranquilo y sin acontecimientos resonantes. Es lo que hace Marc Baer en un interesante estudio sobre el sultán Mehmed IV, este historiador rechaza la idea ingenua de la convivencia, a su juicio ésta evoluciona y sufre cambios, nunca y en ningún momento es igual. A su juicio se confunden dos términos, tolerancia y coexistencia. Son nociones que tienen que ver con la forma de aceptar la diferencia. Ésta fue unidirecional respecto al Islam, la única confesión que no era limitada, pero no en relación con las otras confesiones o las comunidades que las profesaban, éstas eran entidades aisladas y cerradas. Como señala Maalouf, gracias a la coexistencia otomana sobrevivió la comunidad melquita, pero al mismo tiempo se mantuvo un statu quo confesional inmóvil, no hubo cambios en ninguna comunidad, dentro de cada una de ellas hubo rigor e intransigencia, por eso Baer se detiene en los mártires protestantes ejecutados por los maronitas o en la reforma kadizadeli en la que los disidentes de la línea ortodoxa islámica preconizada por Mehmet IV sufrieron los rigores de la persecución y la muerte. 


Mujer judía en Constantinopla
G. La Chapelle, Recueil de divers portraits des principales dames de la porte du Grand Turc 

Coincidiendo con esta interpretación Karen Barkey analizó las consecuencias del gran incendio de 1660, que sucedió en pleno desarrollo de la reforma kadizadeli y tuvo como efecto colateral la expulsión de los judíos de Constantinopla. Una comunidad, en un ambiente de extremismo religioso, hizo de "chivo expiatorio" o "cabeza de turco". Es más preciso hablar de coexistencia y no de tolerancia. Esto significa que la diversidad de grupos étnicos y religiosos se integran en un "nosotros", una idea que actúa como marco común, el Imperio Otomano. Coexistencia significa que las comunidades están juntas pero no unidas, que todas ellas están dentro y fuera, judíos, drusos, armenios, griegos, chiítas, árabes, kurdos, etc... no son extranjeros, pero son otros. No son ciudadanos obviamente, pero tampoco son súbditos en el sentido occidental de la palabra, estas comunidades viven bajo el amparo del sultán como consecuencia de un pacto que podríamos calificar como vasallaje. El poder imperial articula el conjunto gestinando la desigualdad, ninguna comunidad es igual a otra en derechos y obligaciones, es él quien decide quien existe y quien no y, por último, la coexistencia nunca puede identificarse con ausencia de discriminación. Baer al estudiar la reforma kadizadeli muestra cómo la coexistencia podía existir con brutales persecuciones y signos de extrema intolerancia dentro de las comunidades, hubo persecuciones de musulmanes contra musulmanes y de cristianos contra cristianos, de una intensidad muy parecida a nuestras ya familiares hogueras de la Inquisición. Barkey completa este cuadro con la observación de la evolución del espacio de coexistencia señalando un fenómeno de polarización dentro del marco general, de cambio de rango y de dirección. En líneas generales hubo tolerancia hacia los judíos en el siglo XVI pero no en el XVII, la hubo para los griegos en el XVII pero no en el XVIII... los armenios estuvieron privilegiados en el siglo XIX pero fueron víctimas de genocidio en el XX. La coexistencia siempre fue un juego de tendencias y equilibrios, su gestión fue la clave del sistema imperial otomano.
Manuel Rivero

viernes, 13 de junio de 2014

¿Qué es la Historia Moderna?


Las etapas y los periodos históricos son artificios creados por la tradición para mantener la narración histórica como un desarrollo progresivo y lineal, desde el pasado más remoto hasta el presente. Dicha narración tiene un ritmo, marcado por la división en edades. Dicha división otorga un interés mayor por el cambio y concede importancia a fenómenos o acontecimientos que son valorados desde intereses actuales, buscando precedentes. Esto lo conocen mejor los medievalistas que los modernistas. La narración lineal es una novedad introducida en el siglo XVII, reemplaza a una tradición anterior que concebía el paso del tiempo como un movimiento circular. Esta concepción se suele atribuir a un profesor de la universidad de Halle, Cristobal Zeller, más conocido por la versión latinizada de su apellido, Cellarius. 

En su obra Historia medii aevi a temporibus ConstantiniMagni ad Constantinopolim a Turcis captam (Zeitz 1688), se propuso historiar sólo un fragmento de la Historia, el tiempo de la barbarie del latín, Medii Aevi, situándolo como un valle entre dos cumbres de pureza y elegancia, la edad Antiqua y la Nova, la primera etapa se extinguía con Constantino el Grande y la segunda comenzaba con la toma de Constantinopla por los turcos. La concepción de Cellarius nacía de una descripción práctica, pedagógica, también implica una progresión, donde sustituye la idea de ciclo, de espacios históricos cerrados, por la idea de avance hacia la novedad. Como subrayara el profesor Tierno Galván en un casi olvidado ensayo "la perfección de esta idea se manifiesta cuando la expresión nova se substituye por moderna" .
El adjetivo Nova, empleado para el tiempo al que se consideraba contemporáneo, no es patrimonio exclusivo de Zeller, sino que forma parte de la idea ampliamente difundida a partir del siglo XVI de vivir un tiempo nuevo. Los humanistas y los hombres del Renacimiento, desde que Petrarca se refiriera a los tempi oscuri de la "barbarie" del latín y el surgimiento de la luz de los studia humanitatis, usaron categorizaciones y conceptos parecidos para verse a sí mismos como modernos, ya que volvían a los antiguos superando lo medieval, pero con el tiempo se llegó también a superar el 'paralelo' igualitario entre la primera y la tercera edad, trazándose la originalidad y la superioridad de los tiempos nuevos en la famosa querelle entre "Antiguos" y "Modernos". Lo nuevo, lo moderno apuntado por Cellarius, formaba ya parte de una visión del mundo ampliamente generalizada, ochenta años antes, Luis Cabrera de Córdoba, en un curioso escrito sobre el qué y el porqué de la Historia, dividía esta en dos edades separadas y sucesivas, antigua y nueva, cuya divisoria es confusa pues la edad nueva según él, apenas acababa de comenzar mientras que el fin de la antigua abarcaba "hasta llegar no lexos de nuestros tiempos" . Diez años antes de la publicación de la Historia medii aevi, Du Gange había marcado los criterios por los que iba a crear la clasificación de los tiempos históricos contenidos en la obra, el latín y la distinción del uso y el conocimiento de los tiempos oscuros de la barbarie del latín a las "bonae litterae" de la edad nova inaugurada por los humanistas . De esta forma los historiadores de los primeros tiempos modernos se reunieron en torno a la conciencia de una pretendida novedad histórica hasta hacer de ella una de sus características, por así decirlo, programáticas, aunque la crítica haya puesto de manifiesto lo impropio de sus juicios sobre la Edad Media en todos los aspectos, especialmente en el de la relación con la cultura antigua .
Así, desde un principio, observamos que en el afán por periodizar está unido a dar dirección al pasado. La división helenística de los cuatro Imperios o Monarquías, que se suceden en un ciclo, o la descripción del libro de Daniel tomada de esa idea, también fue recuperada en el siglo XVI por Sleidan, el historiador de Carlos V cuyo De quattuor monarchiis, tuvo mucha difusión en la Alemania reformada como esperanza abierta al futuro, un porvenir trascendental regido por la voluntad divina que fue reemplazando a los imperios asirio, persa, griego y romano preparando la llegada inexorable del tiempo nuevo que sería Quinto y definitivo imperio . Pero, esta división de la historia no fue la que triunfó en los ámbitos intelectuales sino que fue patrimonio de los movimientos mesiánicos y de los discursos confesionales. La diferencia establecida por Cellarius respecto a estas particiones era el criterio lineal, progresivo, no finalista. Cellarius "creó" la edad Moderna a partir de conceptos e ideas preexistentes, y de las tres edades por él enunciadas es precisamente la tercera, la moderna, la que dá sentido a todo, lo moderno es nuevo, supera lo anterior, lo mejora y no hay regreso al origen adánico de la humanidad. Los tiempos modernos, nacián de la mano de la recuperación de la civilización clásica grecolatina y de la innovación, la apertura de nuevos horizontes geográficos, la nueva dimensión del mundo, los cambios en el arte de la guerra, la imprenta, la reinterpretación del cosmos… Continuidad y cambio al mismo tiempo, sin vuelta atrás. Eso ha caracterizado la Edad Moderna desde que fue concebida. Lord Brolingbroke, lo definió con una sola frase "a point of time at which you stop, or from which you reckon forward".

 

Lecturas

Vol. 23, No. 4 (Oct. - Dec., 1962), pp. 550-557.

 Leopold von Ranke, Sobre las épocas en la Historia Moderna, ed. Dalmacio Negro, Editora Nacional, Madrid 1984.

Johan Nördstrom, Moyen Âge et Renaissance. Essai Historique, Librarie Stock, Paris 1933.

domingo, 16 de febrero de 2014

Macaulay y la guerra de sucesión española


(Retrato de Charles Mordaunt, conde de Peterborough)

Macaulay estuvo particularmente bien dotado para el arte de reseñar. Sus reseñas normalmente excedían la noticia e información sobre novedades bibliográficas yendo más allá del el simple comentario crítico de un libro para, en realidad, utilizar su lectura como excusa con la que desarrollar un ensayo de más o menos enjundia. En enero de 1833, tal vez malhumorado por tener que examinar los ocho volúmenes de la History of the War of the Succesion of Spain de Lord Mahon, apenas publicada un año antes, redactó un conjunto de reflexiones que vienen muy a propósito hoy en día. Macaulay se mostraba poco compasivo con un mamotreto de enojosa lectura, plúmbeo y rico en disquisiciones inútiles. Pero detrás de esa espesa niebla de digresiones se hallaba el relato de un episodio muy importante para la Historia de Europa, sirviéndose de la enorme cantidad de datos aportados por el aristocrático historiador para distinguir las líneas maestras que en el futuro servirían para estudiar y comprender dicho conflicto. Para empezar porque tenía dos facetas claramente distinguibles: "Yet, to judicious readers of history, the Spanish conflict is perhaps more interesting than the campaigns of Marlborough and Eugene. The fate of the Milanese and of the Low Countries was decided by military skill. The fate of Spain was decided by the peculiarities of the national character".
Visto así, podemos pensar que el historiador británico remitía a dos relatos en uno, la guerra civil española inscrita en el conflicto internacional. Pero no es el caso. Recuerda que la guerra no estalló en 1700, nada más conocerse el testamento de Carlos II. Las hostilidades fueron declaradas al mismo tiempo en Londres, Viena y La Haya, estando Felipe V en Nápoles y habiendo sido jurado rey por sus súbditos españoles. La situación que dejó atrás para asegurarse la fidelidad de sus súbditos italianos fue de desgobierno, dejando una situación tan precaria que facilitó la rebelión contra su autoridad. El príncipe de Hesse-Darmstadt, último virrey de Cataluña bajo Carlos II, figura como principal responsable de la adhesión al archiduque de minorías muy activas en Cataluña y Valencia. Cesado por Felipe V no se resignó a abandanar el principado y regresó a la cabeza de las tropas austríacas. Falleció en 1705, durante el sitio de Barcelona, sin haber logrado tener éxito para convencer a sus antiguos gobernados de las bondades de Carlos III de Habsburgo, solo logró reclutar a 5000 campesinos que tuvieron un papel irrelevante en el campo de batalla. Macaulay ve los acontecimientos a través de los ojos de los comandantes ingleses. Para él, sin duda alguna, el mejor de todos los dirigentes políticos y militares de entonces fue Charles Mordaunt, conde de Peterborough, a través de cuyo relato compone la situación de los austracistas en los primeros años de la guerra. Para este general la toma de Barcelona fue una distracción que hizo perder la guerra al archiduque. Desde un punto de vista militar la campaña debía haberse desarrollado en línea recta desde Valencia a Madrid, el camino era corto, estaba desguarnecido y la Corte de Madrid desconcertada. Costó sangre y esfuerzo tomar una ciudad que resistió con firmeza. Macaulay observa con atención que en las discusiones entre los mandos ingleses, holandeses y austríacos no se tenía en cuenta a los españoles, cuyo número y capacidad fue siempre insignificante. Solo después de conquistar Barcelona las autoridades catalanas aceptaron la causa austracista y fue un hecho consumado por la toma violenta de la capital, forzando a sus dirigentes a una actitud colaboricionista. Fue la capacidad de persuasión del conde la que hizo que la resistencia en la Corona de Aragon se transformase en cooperación, lo cual podría haberse extendido a Castilla de haber continuado al mando. La acomodación de los territorios orientales a los nuevos amos, reticente al principio y obsequiosa al final, fue el resultado de la paciente labor de Peterborough, quien para su desgracia no se hallaba entre los confidentes del archiduque. A juicio de Macaulay cuando el conde fue reemplazado por Galway se perdió la guerra. Aún más, si en vez del genio militar de Marlborough hubiera prevalecido el ingenio negociador de Peterborough, los Borbones hubieran perdido la corona española. En definitiva, la guerra civil fue inducida por las potencias enfrentadas por el reparto de la Monarquía española y no tuvo ninguna naturaleza espontánea, endógena.

Manuel Rivero

[Thomas Babington, Lord Macaulay, Critical and Historical Essays contributed to the Edinburgh Review, 5th ed. in 3 vols. (London: Longman, Brown, Green, and Longmans, 1848). Vol. 2]

jueves, 10 de octubre de 2013

DOBLES LEALTADES

24-25 octubre 2013: VII Seminario Internacional IULCELa doble lealtad: entre el servicio al rey y la obligación a la iglesia. Coord. José Martínez Millán, Manuel Rivero Rodriguez y José Guillen Berrendero.
Lugar de celebración: Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid.

Tradicionalmente se ha interpretado la Historia Moderna desde un perspectiva secular, lo cual ha dado lugar a numerosas incongruencias. MacIntyre indicó en un libro ya clásico que la lectura secularizada del mundo es una convención alejada de los contextos, poco útil para interpretar los hechos y los acontecimientos del pasado. La racionalidad con la que se explica de manera científica el pasado, atendiendo a la economía o a las clases sociales, aborda los problemas como si se desarrollaran en nuestra contemporaneidad o, lo que es peor, dando por hecho que existe un conjunto de categorías que son inmutables, en el tiempo y en el espacio, que se dan por descontadas y en las que no intervienen otras cuestiones que, en apariencia, son secundarias. Para la historiografía occidental es un hecho que la modernidad significa que los hombres empezaron a pensar y a comportarse como hoy lo hacemos, en un ambiente social, político y económico secularizado, regido por decisiones racionales, donde los actores toman sus decisiones siguiendo pautas de comportamiento claras: beneficio, patriotismo y sentimiento de comunidad. En este sentido quien actúa en política, un ministro, un gobernador, un soberano o un funcionario actúan de ese modo, da lo mismo que sea en 1945 o en 1711. Esta lectura del pasado choca con obstáculos insalvables que, pese a las contradicciones, no pueden pasarse por alto, como es el de los eclesiásticos con atribuciones de hombres de estado. Pensemos en los cardenales Cisneros, Wolsey, Richelieu, Mazarino, Klesl, Alberoni... cuya actividad ha sido descrita en términos nacionales soslayando el hecho de ser hombres de Iglesia, un asunto tomado como algo casi anecdótico en la mayor parte de los casos donde, como en los casos de Richelieu y Mazarino, resplandece la construcción de una idea de Francia sobre la que pudo construirse el siglo de Luis XIV. Su espiritualidad, sus creencias o sus devociones parecen un adorno superficial, sin embargo determinaron u orientaron sus decisiones. La dificultad para interpretar la política de Estado de las monarquías modernas ya fue advertida por Martin Philippson a finales del siglo XIX quien hizo una distinción clara entre la Europa católica y la protestante en relación a este hecho. A su juicio, los países que participaron en la Reforma caminaron naturalmente hacia la secularización y la construcción del Estado Moderno por haber distinguido dos esferas de forma muy clara, la política y la religiosa. Independientes entre sí. Un ministro o funcionario católico, eclesiástico o no, debía obediencia al rey y fidelidad al Papa. Esta doble fidelidad no era fácilmente conciliable y solía producirse un conflicto de intereses, así como una laxa interpretación de los términos en que los individuos guardaban lealtad hacia una u otra autoridad. John Lynch recuperó en un interesante artículo la idea expresada por Martin Philippson llevándola un poco más lejos. Este problema de la doble lealtad impulsó a los soberanos católicos a intervenir en la Curia romana, ejerciendo una tutela vigilante. Las injerencias de Felipe II en el desarrollo del Concilio de Trento y las condiciones impuestas a la aplicación de sus decretos así parecían demostrarlo. No obstante, en dicha interpretación quedaban cabos sueltos y partía de unas premisas propias de la perspectiva secular empleada por ambos historiadores. Tomar como punto de partida la "doble lealtad" es la mejor manera de preguntarse sobre la naturaleza de las injerencias entre el plano secular y el espiritual. La doble naturaleza de primeros ministros que son cardenales y aspiraron a ser Papas, como fueron los cardenales Gattinara y Mazarino, fuerza la reflexión sobre esta materia.
Gattinara, a quien he estudiado, aspiraba a una tercera vía en la Cristiandad que reuniera a católicos y protestantes, viendo la acción del papado inherente a la propia acción imperial. Mazarino, un cardenal romano que utilizó sus buenas relaciones en la Corte francesa para asegurarse una impresionante carrera en la Curia nunca dejó de tener presente a Roma en sus decisiones. De hecho, sus exequias romanas dibujaron precisamente el perfil público de su doble naturaleza que no era ni incoherente ni contradictoria.


Por otra parte, este hecho de la “doble lealtad” también afectó al mundo protestante. La interpretación de Philippson nos puede parecer interesante pero Hobbes dedicó algunos capítulos al reino de la hadas en Leviathan indicando los males derivados de la no separación de lo secular y lo espiritual en la acción de gobierno. El conflicto entre creencia y obediencia, entre la autoridad y la fe también emerge no sólo en las leyes que proscriben el catolicismo sino en los mismos conflictos internos de las sociedades protestantes cuyos debates conducen a extremos de violencia ya conocidos, la disputa entre gomaristas y arminianos o los puritanos en relación a la Iglesia de Inglaterra.
Por último, la elección de este tema sirve para examinar el papel de la Corte, para observar la secularización de Europa en episodios y espacios que manifiestan una distancia muy considerable entre el siglo XVIII y el XVI. Si hacia 1560 la identidad de los europeos era esctrictamente confesional y el conflicto característico era la guerra de religión, doscientos años después la religión apenas tendrá peso, los europeos se matarán entre sí en guerras de sucesión. Puede parecer que lealtad y creencia serán en ese momento dos cosas separadas, dos cosas distintas.

Manuel Rivero

viernes, 15 de marzo de 2013

HISTORIADORES


Ante el deterioro de la educación, el colapso de las instituciones públicas, la decadencia cultural y la interminable recesión económica que sufrimos parece que no hay lugar para las Humanidades. En el estado actual, en la postración en que nos encontramos, los historiadores permanecen mudos. No es su momento ni parece que lo sea para la Historia. Quizá se piense que esto ocurre porque es un saber encuadrado en el ámbito de las Humanidades, es decir, está situado entre los "seberes inútiles", los que no sirven para encontrar un trabajo bien remunerado, tampoco lpara crear empleo y riqueza, ni dan dividendos ni beneficios económicos, ni siquiera curan las enfermedades. Si esto se piensa en general, pues nadie piensa que deba escucharse a un historiador, son los propios historiadores los que parecen asumir el carácter inútil de su oficio. Esto se percibe en la forma en que historiadores profesionales han diseñado la enseñanza de su ciencia. Los planes de estudios recientemente aprobados en muchas universidades españolas, muy particularmente en la Autónoma de Madrid, toman nota de esta íntima convicción y confeccionan planes de Historia que no parecen de Historia. Se trata de vender la mercancía de contrabando, los itinerarios no son cronológicos y se articulan bajo la especie de formar especialistas en "Historia y...", dando más fuerza a "y...". Supongo que de esta manera los graduados (o "egresados" como le gusta decir a los burócratas) no pasarán la vergüenza de acreditarse en una titulación desprestigiada sino en cosas más pomposas y de mayor fuste: "Mundo Atlántico", "Sociedades Mediterráneas", "Relaciones de Género", "Estudios latinoamericanos" y cosas parecidas. Resulta sorprendente comprobar que en un pasado no muy lejano, en circunstancias mas adversas que las nuestras, los historiadores eran capaces de seguir adelante con su trabajo sin desanimarse frente a una tétrica realidad circundante, convencidos de que su tarea era importante, imprescindible.





Los historiadores que vivieron en la primera mitad del siglo XX soportaron circunstancias durísimas de guerra y persecución. Sin medios, aislados, perdidas sus bibliotecas, sus cuadernos de notas y sus apuntes, pusieron todo su empeño en cumplir su cometido de investigación y docencia. Fiándose tan solo de su memoria y de los recuerdos de sus lecturas Bloch, Braudel, Febvre y tantos otros perseguidos, encarcelados  o humillados fueron capaces de reflexionar sobre la Historia, dándole un significado positivo, tanto como para combatir por ella y arriesgar su integridad e incluso su vida. Febvre recuerda su disgusto porque un historiador positivista se veía precisado en 1942 a defender la Historia; a su juicio la necesidad y la importancia de la Historia no precisaban defensa alguna, más bien había que combatir con convicción por algo indiscutible. Al mismo tiempo, Marc Bloch, escondido y perseguido, aún tuvo tiempo, en su actividad de resistencia al ocupante, de dedicarse a reflexionar y responder por escrito a dos preguntas nacidas al calor del desastre de 1940 ¿Para que sirve la Historia? pronunciada por un niño y «la Historia es mentira» expresada por un oficial de Estado Mayor confinado con él en una aldea bretona. La respuesta fue un hermoso libro que siempre aconsejo leer. En todos los casos la desazón nacía del hecho de que quienes formulaban tales cuestiones contemplaban la historia como algo inseparable a la nación correspondiéndole un papel semejante al de la teología en las religiones. Pura ideología, subjetiva, maleable y manipulable, reductible al lógico excepticismo de la pregunta de un escolar ¿como va a ser la Historia una ciencia si hay historiadores que escriben que Cataluña tiene mil años y otros que es un invento con menos de cien años?. Es esta Historia que sirve a la formación de identidades, ligada a lo memorable y a la identificación de valores del pasado con los del presente la que está fuera de juego. Pero ya lo estaba cuendo escribieron Bloch, Braudel, Febvre, Huizinga, Yates y tantos otros historiadores europeos del siglo pasado. Respondían o querían responder a dichas no como teólogos sino como historiadores que veían en el pasado las respuestas a muchas preguntas del presente, como científicos sociales. La Historia es un laboratorio de Ciencias Sociales, es el banco de pruebas, el material de experimentación con el que se pueden obtener datos y resultados empíricos. Su estudio no puede orientarse desde una agencia de colocación, tampoco como seminario para formar sacerdotes de la nación o de una clase social o de un género, ha de plantearse desde el saber. Un saber cuya presencia es indiscutible en el ámbito de todas las sociedades humanas, un saber inherente a toda civilización y que desde la Antigüedad forma parte de unas actividades cuya función va más allá de la utilidad mecánica, discutir su existencia tiene tanto sentido como discutir la poesía, el arte, la música... ¿existe alguna sociedad avanzada sin Historia e historiadores?

M. Rivero

domingo, 10 de febrero de 2013

An ordinary life


Cristina Bezanilla presenta “An ordinary life” en el Palacio de Santa Bárbara de Madrid el 14 de febrero de 2013

Foto de Cristina Bezanilla, fotógrafa de Avivir, presenta “An ordinary life” en el Palacio de Santa Bárbara de Madrid el 14 de febrero
La fotógrafa y artista visual Cristina Bezanilla y la diseñadora gráfica María Luisa Rivero, han puesto en marcha un interesante proyecto cultural. El 14 de febrero, coincidiendo con la feria de arte contemporáneo ARCO y San Valentín, van a celebrar un happening artístico. Es una mezcla entre fiesta, exposición y alguna sorpresa extra más. El aforo es limitado y las entradas pueden adquirirse en
http://anordinarylife.es/?p=54

sábado, 15 de diciembre de 2012

El Norbert Elías de Jack Goody


Norbert Elias ha sido uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, en Amsterdam existe una fundación que lleva su nombre, un centro del EHESS de París también lo lleva, así como diversas cátedras y seminarios de estudios en diversos centros de investigación y universidades. Sin duda se trata de uno de los pensadores más originales e influyentes en campos muy amplios de las ciencias sociales como antropología, sociología e historia, sin ir más lejos. Jack Goody, quien también reúne esas tres facetas y cuya labor investigadora se ha centrado en desmontar los tópicos eurocentristas dominantes, negando incluso la singularidad del "milagro europeo", aborda en su libro The theft of History (El robo de la Historia) la crítica a tres perspectivas académicas por desarrollar premisas analíticas pretendidamente universales pero lastradas de fuertes prejuicios culturales. Las tres corresponden, así mismo, a tres prominentes figuras de las ciencias sociales, Joseph Needham, Norbert Elías y Fernand Braudel.

En el primer caso se preocupa de la comparación entre los avances científicos chinos con los europeos. Siguiendo la estela de Needham cuestiona los logros del Renacimiento y la revolución científica pues su singularidad empalidece al compararlo con el desarrollo de Oriente. Es el primer “robo”, la memoria histórica global camina según el paso marcado por Occidente, son sus logros los únicos que cuentan, los otros se ignoran. Los otros dos “robos” que completan su análisis son la civilización de Elias y la globalización capitalista de Braudel. Este último, admirado por el autor, será objeto de una amable corrección y algún que otro tirón de orejas por sus tics eurocéntricos, si bien su saldo es positivo por sus aportaciones metodológicas. Caso bien distinto es el que representa Elias.
Goody considera que el empleo del término civilización tiene un componente etnocéntrico claro e indisimulado, su empleo denota una concepción del mundo muy diáfana pues comparte el espacio epistemológico de Huntington. Esto, lejos de ser un elogio es un dardo dirigido al centro mismo del sistema eliasiano pues debe traducirse como ejemplo de historiadores blancos occidentales masculinos y conservadores. Es decir, insensibles al otro, a la diversidad, al género y a las minorías.
No está mal como comienzo. El proceso de civilización, la obra capital de Norbert Elias queda así emplazada como un producto eurocéntrico que sólo sirve para exlicar Occidente siendo, por tanto, inválido como método. Goody incurre aquí en un vicio occidental, la consideración de que todo sistema debe ser universal, aplicable a todos los casos y circunstancias, lo cual manifiesta una concepción de las ciencias sociales muy ingenua y limitada. Evidentemente el sistema eliasiano no es aplicable al Japón Heian ni a la China Ming. 
Jack Goody

Pero si esto es inevitable, pues a ningún europeo no se le puede exigir que adopte patrones culturales que desconoce (es difícil ser chinocéntrico sin ser chino), Goody se escandaliza porque para Elias la única civilización de referencia es la occidental y además ésta difiere bastante de la idea común que poseemos, pues sitúa su origen después del feudalismo. Contra todo pronóstico todo lo que antecede al Renacimiento y el Humanismo es barbarie (según lo interpreta Goody).
Goody considera que esta doctrina está superada y que responde a un estadio arcaico de las ciencias sociales por lo que no deja de causarle asombro el enorme prestigio de El proceso de civilización en Francia, Alemania, Países Bajos e incluso Gran Bretaña donde la revista Figurations mantiene viva la llama al publcar trabajos que siguen o desarrollan la metodología eliasiana.
Desgranado el sistema de civilización enunciado, comienza con los presupuestos intelectuales de partida, Kant y su distinción entre lo civilizado y lo bárbaro, desde ahí va recorriendo una larga tradición intelectual alemana que separa civilización y cultura, la primera requiere un grado de sofisticación que conduce hacia la autoconciencia colectiva mientras que la segunda carece de ella.  La sociogénesis, donde Occidente se autodefine y adquiere identidad como colectividad. Pero lo más novedoso de Elias fue la introducción del psicoanálisis en la metodología de las ciencias sociales. La psicogénesis es la internalización de mecanismos de autocontrol en los individuos, esa internalización es civilizar, es decir, la civilización es el resultado del empleo de mecanismos que anulan la espontaneidad, es la erradicación del instinto su control o encauzamiento por medio del desarrollo de sentimientos de culpa, vergüenza, censura etc. Es el equivalente a la freudiana represión de la libido, lo cita literalmente al hablar del “inevitable antagonismo entre lo que demanda el instinto y las restricciones de la civilización” (El futuro de una ilusión). Goody denuncia estos componentes psicoanalíticos que Elias no siempre hace explícitos. Si bien en lo relativo al autocontrol no faltan referentes al psicoanálisis para fundamentar la psicogénesis, no podemos dejar de sonreir al leer que Elias no cita la fuerte influencia freudiana de su discurso cuando analiza las estructuras familiares de la sociedad del Antiguo Régimen y la identificación entre monarca y padre de familia. La figura paterna, tan importante en el universo freudiano, la idealización de un ser superior, protector y nutriente pero del que es preciso rebelarse para alcanzar la autorealización. En definitiva, el proceso de civilización no sería nada más que un traslado del enunciado psicológico al sociohistórico, un paralelo entre el desarrollo del individuo y el de la sociedad basado en tres elementos: 1) restricción y represión, 2) control y gestión del instinto y 3) el papel de la autoridad (identificación de la figura paterna con el soberano absoluto).
Ciertamente, si el psicoanálisis es una técnica que solo vale para el hombre occidental por lo que la psicogénesis es solo aplicable a Occidente. Además, el psicoanálisis ni es un método exacto ni universalmente válido y a Goody parece molestarle que historiadores franceses, británicos, holandeses y alemanes se interesen por semejante método.
Bien, la crítica de Goody es demasiado acre. En el caso de Elias su valoración es muy distinta a la de otros “robos” y otros autores objeto de análisis, como Needham o Braudel. Aquí está muy lejos de manifestar una mínima empatía y algo nos dice que detrás de la crítica al método hay una crítica a la persona, algo que va más allá de lo estrictamente científico. Una nota desvela el misterio. En los años sesenta del siglo XX ambos coincidieron en Ghana y trabajaron en la universidad de aquel país, a Goody le escandalizó el desinterés de Elias por los africanos, su poca empatía con el medio y su indisimulada impaciencia por salir de allí cuanto antes. Nos podemos imaginar al antropólogo inglés realizando pacientemente sus trabajos de campo, con las incomodidades de un medio precario, tratando de incorporarse a la rutina cotidiana de los grupos humanos que investigaba, sus esfuerzos para integrarse despojándose de sus prejuicios eurocéntricos. Podemos imaginarlo comiendo y bebiendo alimentos para los que su paladar no estaba acostumbrado, viviendo con las molestias de los insectos y las inclemencias del tiempo, en condiciones que exigían un duro sacrificio. Mientras hacía este sacrificio y se comportaba como un científico social disciplinado y exigente observaba irritado como Elias llamaba “trabajo de campo” a algo que estaba en las antípodas de su cosmovisión. Elias viajaba haciendo turismo por el país en un todoterreno con chófer y cocinero, residía en buenos hoteles, visitaba el país pero para disfrutarlo, desdeñaba sacrificarse y todo lo que necesitaba saber lo obtenía conversando con sus alumnos, su chófer, su cocinero o los empleados de los hoteles. Cuando por fin obtuvo un mejor empleo académico se fue sin mirar atrás y sin disimular que lo que le preocupaba era sólo la sociogénesis y la psicogénesis de la civilización occidental. Quizá ignorando que dejaba atrás a un ceñudo e irritado Jack Goody. 

Manuel Rivero

Norbert Elias